«Miles de aficionados hacen fila durante horas para ingresar a los estadios. Pagan boletos cuyo precio, en muchos casos, supera el salario mensual de una familia promedio; enfrentan obras inconclusas, cierres viales, revisiones de seguridad y restricciones impuestas alrededor de las sedes mundialistas. Mientras tanto, a unos cuantos metros, en los palcos corporativos, dirigentes, patrocinadores y grandes inversionistas observan el espectáculo desde una realidad completamente distinta». Gerardo Moyano empieza así su crónica sobre el Mundial, en el bisemanario «Espacio 4».
«El escritor Juan Villoro —dice— retrata esa imagen en su columna “La Cueva de Alí Babá”, publicada por Reforma el pasado 19 de junio. “La FIFA opera como una fuerza de ocupación”, y su historia está marcada por la opacidad, la concentración del poder y la búsqueda permanente de beneficios económicos, dice el autor del libro Dios es redondo. La crítica no surge solo de una postura literaria. Durante las dos últimas décadas, investigaciones judiciales en Estados Unidos y Europa han documentado una extensa red de sobornos, lavado de dinero, compra de votos y manipulación de procesos para la elección de sedes. El caso convirtió a la FIFA en protagonista del mayor escándalo de corrupción en la historia del deporte profesional.
»Durante décadas, el organismo dejó de ser solo el rector del futbol para convertirse en una de las empresas deportivas más poderosas del planeta. Aunque jurídicamente conserva el carácter de asociación sin fines de lucro registrada en Suiza, administra ingresos comparables con los de grandes corporaciones internacionales.Los derechos de televisión, el patrocinio global, la venta de hospitalidad VIP, el marketing y las licencias comerciales transformaron al Mundial en un producto que genera carretadas de dinero. Los ingresos de este año oscilarán entre los 11 000 y los 13 000 millones de dólares (BBC), cifras sin precedentes impulsadas por el aumento de selecciones participantes y nuevos paquetes comerciales.
El propio presidente de la FIFA, Gianni Infantino, ha defendido este modelo asegurando que buena parte de esos recursos se reinvierten en el desarrollo del futbol mediante programas como FIFA Forward. Sin embargo, el crecimiento económico no ha ido acompañado de mecanismos de transparencia ni de rendición de cuentas.
Villoro resume esa contradicción con una imagen contundente. Describe la sede de la FIFA, en Zúrich, como una metáfora de la institución: «dos pisos reciben la luz del día y los otros cinco están bajo tierra». La arquitectura,
apunta, parece reflejar una organización donde buena parte de las decisiones permanecen fuera de la vista pública.
»Cuando la FIFA fue fundada en París en 1904 tenía una función esencialmente administrativa: organizar las reglas del futbol internacional y coordinar las competencias entre asociaciones nacionales. Más de un siglo después, su dimensión económica poco tiene que ver con aquella organización naciente.
»El presupuesto aprobado por la propia FIFA para el ciclo 2023-2026 asciende a 13 000 millones de dólares, el mayor en su historia. La mitad de esos recursos proviene de la Copa del Mundo masculina y del ecosistema comercial construido alrededor del torneo. La expansión de 32 a 48 selecciones incrementó el número de partidos, los contratos televisivos y las oportunidades comerciales, convirtiendo a México, EE. UU. y Canadá en la sede del Mundial más grande jamás organizado.
»Aunque jurídicamente continúa registrada como una asociación sin fines de lucro en Suiza, la dimensión económica de la FIFA la coloca al nivel de las grandes multinacionales. El dinero, sin embargo, no sólo proviene del mercado. Buena parte del modelo financiero depende de condiciones que negocia directamente con los gobiernos anfitriones: exenciones fiscales, zonas comerciales exclusivas, protección extraordinaria de marcas, facilidades migratorias y operativas, además de inversiones públicas para adecuar la infraestructura urbana. Juan Villoro resume esta lógica en una frase contundente que define a la institución como “la versión VIP del crimen organizado”. La expresión es deliberadamente provocadora, pero encuentra sustento en procesos judiciales».






