Vicente Fox no necesitó estampar su firma ante un fedatario para simular que resolvería el conflicto de Chiapas en «15 minutos», ni para prometer el aeropuerto de Texcoco. Felipe Calderón tampoco requirió de esa puesta en escena propagandística cuando comprometió una refinería en Tula que jamás llegó. Enrique Peña Nieto, en cambio, sí firmó ante notario el Tren Transpeninsular Mérida-Quintana Roo; el resultado fue el mismo: el abandono. El hilo conductor de estos sexenios fue la promesa incumplida, una inercia que culminó en la apuesta más faraónica del peñismo: el Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM), concebido como un lucrativo ecosistema para la élite política y empresarial. Al final, su cancelación —una de las rupturas más controvertidas de Andrés Manuel López Obrador— clausuró de tajo el usufructo de esa mina de oro.
Durante el sexenio de López Obrador se edificó el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) —bautizado en honor a uno de los estrategas militares más brillantes de la Revolución Mexicana, a quien la historia oficial había relegado—. También se materializó el Tren Maya, cuya ruta conecta los estados de Chiapas, Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo, mientras que en el sureste cobró vida la refinería de Dos Bocas. Estas tres obras emblemáticas funcionaron como la respuesta de infraestructura de la llamada Cuarta Transformación ante los proyectos fallidos de los tres Gobiernos previos; un despliegue masivo que, no obstante, estuvo lejos de quedar exento de severos errores de planeación, sobrecostos y fallas de ejecución.
Es innegable que estos proyectos no han dejado de ser cuestionados, aunque tras las críticas suelen ocultarse intereses económicos y políticos afectados por su ejecución. En el caso de la refinería, los datos de producción comienzan a respaldar la estrategia de reducir la dependencia energética. Por su parte, y pese a las denuncias por impacto ambiental, el Tren Maya cuenta con un amplio consenso comunitario al perfilarse como un motor turístico para regiones históricamente olvidadas. De acuerdo con el Instituto Nacional de Pueblos Indígenas, el proyecto —cuyo costo final superó los 30 mil millones de dólares— recibió un respaldo mayoritario en los 84 municipios de Yucatán, Campeche, Tabasco, Quintana Roo y Chiapas que conecta a lo largo de sus más de 1,500 kilómetros.
Las críticas y señalamientos al AIFA son proporcionales al perjuicio causado, no al país, sino a los grupos de poder que apostaron por el fallido proyecto de Texcoco. Medios de corte derechista como Reforma insisten en presentar la terminal como un fracaso operativo, enfocándose en salas vacías o contratiempos menores. Sin embargo, los datos duros contradicen la narrativa: el aeropuerto ya se ubica en el séptimo lugar nacional. Con una inversión estimada en 80 mil millones de pesos, el complejo registró un flujo superior a los siete millones de pasajeros tan solo el año pasado, un incremento del 11.5 % respecto al ejercicio previo. Este avance operativo se suma a su prestigio internacional, consolidado tras recibir el prestigiado premio Prix Versailles en 2024.
Localizado en el municipio de Zumpango, Estado de México, el AIFA fue elegido entre los mejores aeropuertos del mundo junto con los de Abu Dabi, Singapur, Bangkok, Boston y Kansas City. El galardón considera, además de la estética de las terminales, su integración con el entorno, su funcionalidad y su impacto social. Si el AIFA no ganó mayor altura en su momento, en parte se debió a las presiones de la administración de Donald Trump, que canceló 13 rutas de aerolíneas nacionales hacia Estados Unidos. Dicho veto se levantó en mayo pasado tras la firma de un nuevo convenio internacional, pacto que concede pleno reconocimiento al complejo dentro de la conectividad binacional.






