El fútbol y las historias tejidas en su entorno representan un imán para los políticos. Los líderes capitalizan la euforia colectiva para exaltar el nacionalismo y conectarse con su pueblo. El mundial de este año reunió dos veces a Claudia Sheinbaum, Donald Trump y Mark Carney, presidentes y primer ministro de los países anfitriones. En Washington para el sorteo y en Nueva York para el duelo de campeonato. El rey de España, Felipe VI, y el presidente Pedro Sánchez también asistieron a la final. Por el contrario, los mandatarios de Argentina dejaron de acudir a los estadios desde la Copa de Italia 1990, cuando Carlos Menem saludó a la selección en los vestidores antes del juego contra Camerún que los paisanos de Perón, entonces campeones defensores, perdieron 1-0 con gol de Omam-Biyik.
El tribunal más severo lo forma el público reunido en los estadios, donde la separación entre el deporte y la política no admite matices. Trump lo constató durante su visita a un partido de la NBA en el Madison Square Garden, donde el abucheo fue estruendoso. La escena se repitió en la Final del Mundial; primero a su arribo al MetLife Stadium y luego en la ceremonia de premiación. Nada ocurre por azar: el presidente estadounidense se ha esmerado en polarizar a su país y en malquistarse no solo con los inmigrantes, sino también con los aliados históricos de Estados Unidos. La caída de su popularidad, al 37 % e incluso menos, es un mal augurio para los republicanos en las elecciones de noviembre.
Los recintos deportivos son catalizadores de la ira y la indignación popular. El presidente Gustavo Díaz Ordaz lo vivió en carne propia en la inauguración de los Juegos Olímpicos de 1968: la matanza de estudiantes en Tlatelolco le pasó factura a quien fue uno de los líderes más autoritarios del México moderno. En la apertura del Mundial de Futbol de 1986 en el Estadio Azteca, Miguel de la Madrid pagó su ausencia e inacción tras los terremotos del año previo en Ciudad de México, cuando el país más necesitaba de su gobierno. Los acontecimientos marcaron las grietas del sistema y su posterior caída.
Carlos Salinas de Gortari, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto no tuvieron necesidad de presentarse ante grandes multitudes para tomar el pulso del país. El enfado social por las elecciones fraudulentas que los entronizaron, la corrupción, la violencia y la frivolidad los sigue por doquier: es su sombra. No en balde los tres residen en Madrid y sus visitas a México son esporádicas. Político de terracería y de contacto permanente con la gente, Andrés Manuel López Obrador fue abucheado recién inició su gobierno durante la
inauguración del estadio de beisbol de Ciudad de México. El origen de la protesta lo identificó en su réplica, fiel a su estilo: «Vamos a seguir ponchando a los de la mafia del poder».
México salió del Mundial de este año a banderas desplegadas. La organización de la competencia —reconocida por Trump, Carney y Felipe VI— y el desempeño de la selección suman puntos para la presidenta Sheinbaum. El contraste en su viaje a Nueva York también juega a su favor. Tras la cancelación del vuelo comercial que la trasladaría, viajó en un avión de la Secretaría de la Defensa Nacional, una realidad muy distinta al uso del Boeing 787 —que «ni Obama tenía»— utilizado por Peña en sus giras por el país y el extranjero. Al final, la invitación de Trump a Sheinbaum fue una deferencia a México y a ella como su líder. Lo demás es hojarasca.






