Cuando un amigo y colaborador de prosapia revolucionaria compartió con Óscar Flores Tapia el hallazgo de ser duque, el gobernador de estruendosa voz le preguntó: «¿Y cuentas con dinero y propiedades?» «Tú me conoces, Óscar, y sabes que no». «Entonces no compartas con a nadie lo de tu título, porque pueden chiflarte o chasquearte los dedos, pues aquí duque sin fortuna es apodo de mascota». La anécdota, acompañada siempre de una carcajada estentórea, la contaba el historiador y autor del libro La casa de la abuela.
Flores Tapia era una enciclopedia y un orador fogoso. Políticos de su cultura e ingenio se extrañan en estos tiempos de vértigo, donde la civilización del espectáculo lo abarca y desvaloriza todo. La gracejada, el chiste, los eslóganes y la banalidad han suplantado la reflexión juiciosa, el análisis sosegado, la crítica fundamentada. La política es hoy arena de mediocres, embusteros y rapaces. ¿Quién, dedicado a esa actividad, ha trascendido los límites estrechos del partidismo?
Flores Tapia era un hombre de carácter, forjado en las trincheras y no pocas veces traicionado. A quienes veían en él a un energúmeno les bastaba tratarlo para descubrir su calidad humana y cambiar de opinión. El exgobernador se enorgullecía de su origen humilde y lo reflejó en su campaña con ideas y pensamientos, no con frases huecas. «Del pueblo vengo y al pueblo consagraré mi esfuerzo», fue su lema. Su filosofía como mandatario la resumió en tres palabras: «Caminando y haciendo». Su obra sigue a la vista, tanto en Saltillo como en Torreón y en el resto del estado.
La corrección política es una forma depurada de fariseísmo. Precisamente la incorrección política le granjeó a Flores Tapia enemigos poderosos, pero de espíritu menor. La anécdota del «duque» resuena hoy más allá de los pasillos del poder y cala en una sociedad que se jacta de aristócrata, cuando en realidad solo es burguesa. Donde las apariencias cuentan más que la realidad, se ostenta lo que ha dejado de tenerse y se reviven viejas glorias. En ese entorno, del que nadie escapa, las mascotas han dejado de llevar los motes propios de su condición animal, para ser bautizados con el nombre de personas y ser tratados como tales.
El fenómeno de humanizar lo animal y deshumanizar lo humano es aberrante, pues se invierten los valores y se coloca a la persona, aunque se niegue, en un segundo plano. La violencia es condenable en cualquiera de sus formas y contextos y debe ser castigada. Sin embargo, escandalizarse más por la que se comete contra animales que por la infligida cotidianamente contra niños,
mujeres y jóvenes sin recursos, educación, hogar ni trabajo (violencia social estructural) es reprobable e hipócrita.
El robo famélico —de alimentos, medicamentos o bienes de primera necesidad— es un delito menor incitado por el hambre, la miseria extrema o una emergencia vital. Bajo la figura de Estado de Necesidad Justificante no debería ser punible, pero se castiga con prisión, pues quien lo comete carece de recursos para defenderse; si los tuviera, no estaría en esa situación penosa. Personas de todas las edades mueren en accidentes causados por cafres del transporte y automovilistas influyentes que tarden más tiempo en pisar la cárcel que en ser liberados. ¿Quién se fija en ellos? ¿Quién protesta frente a las sedes del poder para exigir justicia y fiscalías especializadas? Vivimos tiempos hipócritas.






