Un maravilloso y apasionante Mundial… de mierda
El acontecimiento deportivo y sociológico es irresistible, pero la FIFA del mafioso Infantino ha degradado el campeonato entre las concesiones a Trump y la corrupción comercial y política
Nos sentamos frente al televisor con el espíritu claudicante del adicto, sabiendo que formamos parte de una liturgia envilecida y, sin embargo, somos incapaces de apartar la mirada. No me pierdo un partido. Lo confieso sin heroísmo y con un punto de culpa. Es la esquizofrenia perfecta de nuestro tiempo: asistir, fascinados y abochornados a la vez, a un maravilloso Mundial de… mierda.
El fútbol, en su pureza original, sigue siendo un milagro dramático indestructible, pero la tramoya que lo sostiene ha degenerado en un lodazal que ya ni siquiera se esfuerza en ocultar sus costuras. La FIFA parasita la deontología del deporte con la ferocidad de una corporación abyecta, una multinacional del blanqueo que despacha pasiones al mejor postor. Hubo un tiempo en que la corrupción de la estirpe de Havelange o Blatter conservaba cierto decoro cortesano, una discreción de casino helvético. Lo de Gianni Infantino, en cambio, es la apoteosis del cinismo sin filtros.
La última frontera de esta degradación se cruzó cuando el jerarca alopécico, en un alarde de vasallaje geopolítico, concedió a Donald Trump la iniciativa corrupta de retirar la tarjeta roja al delantero estrella. Una enmienda a la totalidad de las reglas para complacer al César de turno, transformando la justicia del césped en una tómbola caprichosa regida por el interés del mercado norteamericano.
Es el fútbol sometido a la tiranía del show business más ramplón, el mismo que ha entregado el alma del juego a las autocracias más siniestras del planeta. Venimos de la aberración climatológica y moral de Qatar y caminamos hacia el delirio de Arabia Saudí. Todo se compra, todo se vende, todo se blanquea bajo el manto sagrado del balón.
A esta devaluación institucional se suma la obscena arbitrariedad de los arbitrajes, convertidos hoy en una herramienta de ingeniería de despacho. Los comités de la FIFA dirigen los partidos desde la sombra, utilizando el silbato no para impartir justicia, sino para teledirigir los resultados según las conveniencias del guion comercial del torneo. El reglamento se ha vuelto elástico, caprichoso y selectivo; un agravio comparativo permanente que castiga al débil y sobreprotege al poderoso según las necesidades del prime time.
La prostitución comercial del acontecimiento alcanza hoy cotas intolerables. Las entradas se han convertido en un artículo de lujo inasumible para el aficionado genuino, expulsado de las gradas en favor de un público de selfi y palomitas, aunque la mayor afrenta ocurre sobre el propio césped, camuflada de filantropía médica. Las llamadas «pausas de hidratación» no son un gesto de compasión hacia el atleta, sino un pretexto comercial infame, una ventana publicitaria incrustada con fórceps que adultera el ritmo del juego y rompe la tensión del espectador. El capitalismo más voraz ha conseguido trocear el fútbol para meterle anuncios, vendiendo la salud del jugador como mercancía barata.
El capitalismo ha conseguido trocear el fútbol para meterle anuncios, vendiendo la salud del jugador como mercancía
Y sin embargo… la pelota rueda. La vergüenza de la banda de Infantino no ha podido impedir que el milagro se repita. No ha podido frenar la emoción de los desenlaces agónicos, ni la rebelión de los equipos modestos que desafían la aristocracia del dinero. Y, sobre todo, es incapaz de apagar el brillo de las auténticas estrellas, los únicos aristócratas legítimos de este invento. La inmortalidad crepuscular de Messi, la zancada imperial de Mbappé, la voracidad animal de Haaland o la finura quirúrgica de Kane justifican, por sí solas, la vigencia del juego. El fútbol posee una naturaleza anárquica que escapa al control de los burócratas de Zúrich. Pertenece a los futbolistas y a la grada, nunca a los palcos.
Existe, además, una virtud pedagógica colosal en este artefacto que opera como antídoto contra el discurso xenófobo que hoy asola Occidente. En un momento de repliegue identitario y fronteras mentales, el Mundial exhibe el feliz ajetreo de futbolistas de origen multirracial a quienes nadie les reclama el pasaporte mientras driblan o marcan un gol. El césped es el único territorio donde la procedencia es una riqueza y no una amenaza.
La paradoja encuentra su máxima expresión en la hipocresía de Suiza, el hogar de la propia FIFA. Una nación propensa a la endogamia, que mira de reojo y con desconfianza al inmigrante, vibra y se abraza estos días gracias al talento de hasta catorce futbolistas foráneos o de raíces extranjeras en sus filas. El gol de la victoria lo celebra el mismo ciudadano que mañana votará en referéndum restringir los derechos del extranjero. El fútbol retrata nuestras miserias coloniales y, al mismo tiempo, las disuelve en la celebración colectiva.
Por eso seguiremos encendiendo la pantalla. Porque el fútbol es demasiado importante para dejárselo a la FIFA. Disfrutaremos del prodigio, nos emocionaremos con la épica de los desheredados y aplaudiremos el arte de los genios, pero lo haremos con los ojos abiertos y la nariz tapada. Sabiendo, con resignada lucidez, que estamos ante el espectáculo más hermoso del mundo brotando, una vez más, de las alcantarillas más infectas.






