Qué extraordinario país, donde los muertos nunca terminan de marcharse. Los mexicanos les ponen flores, comida, música y una silla a la mesa
En el Día de Todos los Santos suelo recordar a los viejos conocidos: Zorrilla, Bécquer, Mañara. Pero este noviembre ha llegado más de luto que nunca y quizás por eso, este año me han rondado otros fantasmas. Los que fui dejando durante más de dos décadas de viajes al DF, cuando creía que aquella ciudad inabarcable estaría siempre esperándome.
Están en la cantina Salón Madrid, junto a la rocola que desgranaba canciones de José Alfredo mientras un tipo duro se emborrachaba a solas en un rincón. En los escribanos de la plaza de Santo Domingo y en las librerías Gandhi. Recuerdo la primera vez que pisé el Zócalo. Los murales del Palacio Nacional, la Catedral, las piedras ancestrales del Templo Mayor y las mujeres que lloraban por sus desaparecidos. Toda la grandeza y toda la tragedia de México reunidas en unos pocos metros cuadrados.
Y los desayunos en Sanborns. La sopa de tortilla, la machaca, el jugo de nopal. Los tacos del pastor del Fogoncito. Los volcanes de Dr. Atl y los ojos desafiantes de Nahui Olin. Xochimilco y aquellos perros sin pelo que parecían llegados directamente del inframundo. Los domingos en San Ángel Inn, los escamoles con guacamole, el pajarito que sacaba papelitos con mensajes del porvenir a cambio de unas monedas y aquel espejo donde todavía te veo haciéndome una fotografía después de visitar la casa de Diego y Frida. Garibaldi y nuestros mariachis. La incursión en Tepito, las pirámides de Teotihuacán, los caballitos de tequila y sangrita, los altarcitos y las Catrinas del mercado de la Zona Rosa. El Camino Real y esos margaritas helados, perfectos, frente al paisaje infinito y azul de Rufino Tamayo.
Qué extraordinario país, donde los muertos nunca terminan de marcharse. Los mexicanos les ponen flores, comida, música y una silla a la mesa. Con los años, he aprendido a entender mejor su manera de celebrar la ausencia. Por eso hoy deseo dejar descansar en paz a los muertos de los libros y a los de los trenes, y llamar a la puerta de mis propios fantasmas. Aquella ciudad, aquel amor, aquella muchacha que fui y que todavía anda por sus calles. Aquellos días. Que los muertos me perdonen. Fueron tan felices.






