Entre las alternancias políticas del siglo XXI en América Latina, la ocurrida en México en 2018 destaca por su singularidad. El Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) conquistó la presidencia a solo cuatro años de su fundación, respaldado por la mayor votación registrada en la historia moderna del país. Este viraje hacia la izquierda fue, ante todo, la expresión del hartazgo ciudadano. El desencanto con las administraciones de Vicente Fox y Felipe Calderón (PAN) favoreció el retorno del PRI al poder en 2012. Sin embargo, la gestión de Enrique Peña Nieto, marcada por escándalos de corrupción y su subordinación a grupos de interés, aceleraron el derrumbe del viejo sistema partidista y abrió la puerta al triunfo de una fuerza que prometía una transformación de fondo.
Andrés Manuel López Obrador se convirtió en el líder más influyente del México contemporáneo. En más de dos décadas de confrontación política, sus detractores no han podido destruir su liderazgo ni borrar su legado. La austeridad, su particular forma de ejercer el poder y los resultados de su administración en materia social —como el incremento sostenido de los salarios y la reducción de la pobreza— consolidaron el proyecto la Cuarta Transformación. Aunque hoy está retirado de la política activa, todavía ocupa un lugar central en el discurso de sus adversarios, quienes lo responsabilizan de prácticamente todos los males del país, incluso de fenómenos como el narcotráfico y la narcopolítica, cuyas raíces anteceden con mucho a su gobierno y en cuya consolidación algunos de estos mismos actores desempeñaron un papel relevante.
La victoria de Claudia Sheinbaum en 2024 —primera mujer en ocupar la presidencia— es otro hito de la izquierda mexicana. Las dudas sobre el futuro de la 4T quedaron disipadas con los 36 millones de votos obtenidos por Sheinbaum, una cifra 19 % superior a la alcanzada por el caudillo de Macuspana seis años antes. Extrapolar la situación de México a la de Colombia para anticipar el supuesto «derrumbe» de Morena en las elecciones legislativas de 2027 y en las presidenciales de 2030 es una desmesura. Más que un ejercicio serio de análisis, esa comparación refleja la desesperación de las oposiciones y de los poderes fácticos, incapaces por ahora de articular un discurso persuasivo ni un programa coherente que frene el avance del movimiento que hoy encabeza Sheinbaum.
Otra aberración, fruto de la fantasía, la impotencia y la negativa a reconocer la fuerza política de Morena, es apostar por su desaparición. No como
consecuencia de una súbita pérdida de apoyo popular ni por un improbable resurgimiento de los partidos de oposición, sino de la supuesta decisión de Estados Unidos de declarar a Morena una organización terrorista. La paradoja es evidente: mientras el presidente Donald Trump mantiene una confrontación abierta con diversos gobiernos progresistas de América Latina, en su propio país la izquierda liberal gana terreno bajo el liderazgo de figuras como Bernie Sanders y el carismático alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, una de las principales figuras emergentes del Partido Demócrata.
El liderazgo y legitimidad de Sheinbaum le han permitido afrontar con relativo éxito las presiones de Washington y neutralizar las intrigas internas. Quienes, por ser mujer, suponen que terminarán por doblegarla, confunden prudencia con debilidad. Sheinbaum ejerce la presidencia con el mayor respaldo político y con el proyecto de transformación más definido que México ha visto en décadas. Precisamente por ello no necesita recurrir a golpes de efecto, como hicieron algunos de sus predecesores del PRI y el PAN, más interesados en imponer temor que en inspirar respeto. Conforme cambie el entorno político en Estados Unidos, la mandataria mexicana contará con mayores márgenes de maniobra para consolidar su agenda y poner las cosas en su lugar.






