¿Por qué perdió el PAN la gubernatura en 2017 si tenía todo para inaugurar la alternancia en el estado? La pregunta no es retórica. La causa principal fue que, frente a tal posibilidad, la ambición se desbocó. De esa manera, la nueva generación de panistas de la época tiró por la borda la oportunidad de retener el mando por varios sexenios, como ocurría ya en Baja California y Guanajuato. Guillermo Anaya, el candidato más votado del PAN en Coahuila, pasará a la historia como el campeón sin corona.
En 2017, el país todavía estaba en manos de Enrique Peña Nieto, cuya relación con el líder del PAN, Ricardo Anaya, se había fracturado. La sucesión del presidente estaba en puertas, y el avance del PAN —que el año previo le había arrebatado al PRI siete gubernaturas, entre ellas las de Puebla, Veracruz y Tamaulipas— volvió a Coahuila una plaza prioritaria. Era la segunda vez que Guillermo Anaya competía por el cargo; en la primera enfrentó a Rubén Moreira, heredero político de su hermano Humberto.
El delfín de Rubén Moreira fue Miguel Riquelme, pero su cercanía con el clan —y el lastre del escándalo de la megadeuda, la violencia y las desapariciones forzadas— pesó gravemente su campaña. Meses antes de su postulación, Guillermo Anaya celebró su cumpleaños en una quinta de Saltillo a la que asistieron centenares de personas; lo acompañaron gobernadores, legisladores y empresarios de las diversas regiones del estado. Al término del festejo me alcanzó un colaborador del entonces senador Luis Fernando Salazar, quien hacía tándem con Anaya.
—¿Qué te pareció?
—Bien, pero la condición para que ganen es que no se dividan —respondí—. Lo digo porque en la mirada de Luis Fernando descubrí una sombra de ambición.
La unidad se rompió cuando Salazar buscó la candidatura para sí. Al no obtenerla, acusó al líder nacional panista, Ricardo Anaya, de haber inclinado la balanza en favor de Guillermo Anaya. «El proceso es una farsa», denunció, e impugnó la postulación. Cuando al fin se incorporó a la campaña, el daño ya estaba hecho. Los 31 000 votos que le faltaron a Anaya para ganar la gubernatura bien pudieron haberse perdido en el cisma provocado por Salazar. En 2018, el exsenador abandonó el barco y se pasó a las filas de Morena. Para entonces, Andrés Manuel López Obrador ya había transformado el mapa político del país.
Para asegurar la continuidad de su proyecto, el Gobierno volcó a la campaña de Riquelme todos los recursos a su alcance, una línea en la que también fluyó el Instituto Electoral de Coahuila. Frente a las evidentes irregularidades del proceso, el INE decidió mirar para otro lado. Por si fuera poco, el presidente Peña Nieto recibió en Los Pinos al candidato del PRI mucho antes de que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación resolviera los recursos interpuestos por el PAN y Morena para anular los comicios y convocar nuevas votaciones.
De haber declinado alguno de los otros candidatos —Armando Guadiana, de Morena, y Javier Guerrero, independiente— en favor de Anaya, como se los solicitó para asegurar la alternancia, el PRI no habría ganado. Guadiana recibió 151 mil votos, y Guerrero, 105 mil; mientras que la diferencia entre Anaya y Riquelme no llegó a las 31 mil sufragios. Con todo ese bagaje y su tradición de lucha democrática, el PAN en 2023 se hizo a un lado y apoyó al candidato del PRI. Hoy, su nuevo y urgente desafío consiste en recuperar el registro que recién perdió en Coahuila. En esa ardua tarea, las elecciones de 2027 para renovar la Cámara de Diputados podrían ser su tabla de salvación.






