En 1972 un movimiento político local atrajo la atención del PRI nacional. Las elecciones de alcalde en Torreón habían afrontado a dos figuras incipientes de distinto grupo: Mariano López Mercado y Braulio Manuel Fernández Aguirre cuyos padres habían sido gobernadores. El clima estaba tan caldeado que provocó la visita del líder priista Jesús Reyes Heroles. Quienes cubríamos la fuente le entrevistamos en el aeropuerto Francisco Sarabia. El dictamen de quien, cinco años más tarde, llevaría a cabo la reforma política-electoral hasta entones de mayor, fue inapelable: «No al “juniorismo”».
Los adversarios habían construido su carrera por sí mismos; pues cuando sus padres fueron gobernadores, uno era niño y el otro aún estaba fuera de la vida política. La ocasión resultó propicia para que el PRI volviera los ojos a un militante de base, sin linaje: un modesto profesor y diputado local de nombre José Solís Amaro. El Gobierno del estado le hizo la vida imposible como alcalde, pues el candidato de Saltillo era López Mercado. Varias veces, en medio de la tormenta, Solís llegaba a casa de mis padres en su Dodge Mónaco verde oliva y salíamos a tomar un café. «Flaquito, me decía, no te imaginas lo ardua que es mi tarea con el gobernador y su equipo en contra las 24 horas». Más de una vez lloró de impotencia, pero logró completar los tres años al frente de la alcaldía.
Tiempo después, Fernández Aguirre y López Mercado fueron alcaldes. El primero con José de las Fuentes Rodríguez, cuyo equipo intentó desestabilizar el municipio, sin éxito. El segundo tuvo menos suerte con el gobernador Rogelio Montemayor, quien tenía otro candidato, y renunció un año antes de concluir su ejercicio. Torreón siempre ha provocado celos políticos de la capital, y también abandono, situación que, aunada a la falta de liderazgos políticos y sociales críticos, explican un rezago en infraestructura que la administración de Román Alberto Cepeda González empezaba a revertir con decisión y carácter.
Charlé con Román Alberto solo una vez, recién electo en 2021, en su despacho del bulevar Independencia. Tenía proyecto. «Gobernaré con la vista en el presente, pero con visión de futuro; tomaré mis propias decisiones». «Quiero ser gobernador» (todo político comparte ese deseo, pero pocos poseen las capacidades necesarias para serlo), me dijo el par de ocasiones que visitó «Espacio 4», en Saltillo, en el marco de las sucesiones de 2017 y 2023. Muchos alcaldes pasan sin dejar el menor rastro. Román Alberto trascenderá por su concepción de la política y su sentido social. También por la obra de gran
calado realizada y la que aún está en proceso; jamás había visto tantos proyectos simultáneos de ese calado. Vencer —por su «querido Torreón»— las presiones, las campañas bajunas y la oposición malintencionada de su propio partido, acrecienta su figura.
Román no satisfizo las pulsiones de quienes conjuraron para retirarlo del cargo, cualesquiera que hayan sido sus motivaciones. Resistió con temple y dignidad la adversidad hasta que escuchó a «la Voz» decir: «Hasta aquí; ha cumplido tu misión». Su fortaleza abrevaba en el amor de su esposa Selina y de sus hijos Román Alberto, Luis Ernesto y Juan Pablo. Nunca he tenido redes sociales, solo WhatsApp. Uso la aplicación para enviar oraciones a amigos y conocidos. El 31 de mayo pasado, Román Alberto respondió al mensaje «Si tu corazón está cansado» del canal @fraygabrielreflexiones con un «Buen domingo mi estimado Gerardo». El corazón de mi amigo ya descansa. La noticia de su fallecimiento la he recibido de mi hermano David Brondo, en Acuña. «Siento mucho tu partida, amigo —le escribo—. Luchaste denodadamente por tus principios e ideales en un mundo donde pocos se atreven a ser dignos y manchan su nombre por mezquindad y cobardía. Bendiciones».






