El avance de la ultraderecha en América Latina resuena en México, donde los sectores nostálgicos del autoritarismo encuentran un nuevo impulso para exigir políticas de mano dura. No obstante, las experiencias al norte del Bravo y al sur del Suchiate con administraciones como las de Donald Trump, Nayib Bukele y Javier Milei muestran severas alarmas debido al desmantelamiento de conquistas sociales y a recurrentes violaciones a los derechos humanos. Esta deriva autoritaria, visible también en Chile con el auge de José Antonio Kast, amenaza con replicarse en el complejo escenario de Perú. En este país destaca Keiko Fujimori, cuyo padre, Alberto Fujimori, instaló una dictadura marcada por la represión y la corrupción junto con su jefe de Inteligencia, Vladimiro Montesinos.
Trump abandonó la idea de reelegirse para un tercer mandato, no por respeto a la Constitución, sino frente al repudio masivo en las principales ciudades de Estados Unidos. En contraste, en El Salvador —un territorio que Coahuila supera en extensión por más de siete veces— Bukele extendió el periodo presidencial a seis años y eliminó la segunda vuelta electoral mediante polémicas reformas para eternizarse en el poder. De acuerdo con el Instituto V-Dem, la nación sufre uno de los mayores deterioros a escala global. Estas derivas autoritarias, sumadas a la dictadura de Daniel Ortega en Nicaragua desde hace casi 20 años, evidencian la profunda crisis institucional que atraviesa el continente.
Caracterizar las derrotas de la izquierda como fracasos irreversibles de los gobiernos progresistas, y presentar el ascenso de la derecha como la panacea universal, significa ver la política con orejeras. La alternancia es uno de los signos de la democracia, así como el respeto al veredicto de las urnas —por estrechos que sean los resultados— lo es de madurez política. En Perú, Keiko Fujimori (Partido Fuerza Popular) ganó la presidencia en balotaje a Roberto Sánchez (Juntos por Perú) por apenas 26 décimas de punto. Fujimori encabezará un gobierno dividido, pues su partido obtuvo 43 de los 130 escaños de la Cámara de Diputados.
En Colombia las elecciones fueron igual de controvertidas. El ultraconservador Abelardo de la Espriella, del movimiento «Salvadores de la Patria», aventajó por 2.8 puntos a Iván Cepeda, de la coalición Partido Pacto Histórico. El aliado de Trump ganó la carrera presidencial al candidato respaldado por el líder colombiano, Gustavo Petro, pese a la evidente asimetría política entre el apoyo de Washington y el de Bogotá. La situación de De la Espriella será aún
más frágil, pues los Salvadores de la Patria no tendrán representación en el Congreso, al no haber participado en las elecciones legislativas del 8 de marzo pasado. En estas circunstancias, el presidente deberá tejer alianzas con los partidos de oposición para sacar adelante su agenda.
Pacto Histórico es la principal fuerza electoral en el Congreso de Colombia. Este movimiento fue fundado por Petro, el único líder de izquierda que por ahora ha ocupado la presidencia. Petro reconoció el triunfo de De la Espriella a regañadientes y trazó su hoja de ruta a partir de una crítica al injerencismo: «Primero, tranquilidad (…). El periodo pasa a ser de organización de las mayorías de Colombia y en Colombia. Y esa organización tiene que dirigirse a no dejar retroceder las reformas sociales que se han logrado». Desde esa perspectiva, De la Espriella se ganó la rifa del tigre, una ironía para quien se hace llamar «el Tigre».






