Las fanfarrias se apagan cuando las causas que las encienden son soflamas. Acaba de pasar con las elecciones del 7 de junio. El estruendo no duró siquiera una semana. Novedad hubiera sido que la coalición de Morena y el PT ganara la mitad de las curules del Congreso como lo hizo el PAN antes de fundir sus siglas con las del PRI, no el carro completo repetido en los tres últimos procesos. Extraordinaria fue la participación del 50 % de los ciudadanos registrados en la lista nominal, cuando lo normal, en estos casos, es el desdén. La falta de argumentos para explicar este súbito furor da paso a la especulación.
Que la compra masiva de votos «amigos» se hizo con billetes en cuyo adverso muestran los rostros de las figuras claves de la Guerra de Independencia; que el Gobierno metió las manos, no hasta los codos, sino hasta los hombros; que la presidencia de la república se desentendió del asunto; que las policías locales, como en los tiempos de la «dictadura perfecta», inhibieron el voto opositor. También hubo explicaciones de «mayor calado». Que el éxito de la elección «plebiscitaria» confirma el eslogan del sexenio («pa’ tras, ni pa’ tomar vuelo»); que PRI solo hay uno; que la sucesión del gobernador está resuelta y será pan comido. Que Morena, en Coahuila, «no pasará». Que Luisa María Alcalde y Andrés Manuel López Beltrán prefirieron poner tierra de por medio ante la debacle inevitable. Que el único López capaz de llenar las urnas es AMLO.
Algunas urnas registraron votaciones superiores al 100 % con respecto a la lista nominal; sin embargo, por decoro democrático y para evitar suspicacias, se evitaron las «casillas zapato», aquellas donde el partido ganador se lleva todas las papeletas. No era ficción, sino alquimia pura. La aplanadora es la misma, solo cambia el operario. El PRI hizo más de lo que debía para ganar; y Morena y el PT, todo lo que estuvo a su alcance para quedar en ridículo. En vez de admitir su medianía e hiperbólica soberbia, algunos candidatos de la coalición vencida lloriquean y culpan de su fracaso a la presidenta Claudia Sheinbaum, quien, con toda seguridad, ignora de su existencia. Uno de los azules, en vez de repartir culpas, llama al PAN a la introspección, aunque mejor le vendría ponerse a trabajar y realizar un ejercicio autocrítico, ya.
La próxima legislatura le dará al ejecutivo una hamaca para dormir tranquilo la parte final de su sexenio, con un pastor leal y avezado que controla el Congreso y le cuida las espaldas. Entre los diputados electos hay neófitos; otros vienen de perder procesos previos o son repetidores (¿acaso no hay
priistas con mayores méritos y trayectoria?) que recuerdan tiempos aciagos y atracos impunes como la megadeuda, las masacres en Allende y Piedras Negras y las desapariciones forzadas. También hay garbanzos de a libra como quien, sin estridencia ni boato, ha sido uno de los mejores alcaldes de Ramos Arizpe.
La derrota del frente Morena-PT librará a Coahuila de representantes vacuos e insuflados. En lugar de ser oposición, estos personajes se plegaron al poder. Tampoco defendieron el proyecto de la 4T ni promovieron los programas de bienestar y la infraestructura del Gobierno federal en el estado. Al contrario, actuaron de porristas y golpeadores a sueldo. Ni el paliacate ni el Stetson ni los coches de alta gama suman votos. Por eso, salvo la depuración de unos cuantos ramplones, petulantes y serviles, la elección del 7 de junio también será para el olvido.






