La calidad y fortaleza de la democracia las determinan en gran medida la cualidad y solidez de los medios de comunicación. El periodista Joseph Pulitzer, impulsor de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia y del premio que en su nombre distingue la excelencia del periodismo impreso y en línea, la literatura y la composición musical en Estados Unidos, dice al respecto: «Una prensa cínica, mercenaria y demagógica producirá con el tiempo un pueblo cínico, mercenario y demagógico». El escritor y político francés André Malraux, ministro de Cultura de Charles de Gaulle, lo expresó en otras palabras: «No es que los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, sino que la gente tiene los gobernantes que se le parecen».
El periodista polaco Ryszard Kapuściński, por su parte, advierte que «para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades». El concepto se resume en el título de uno de sus libros: Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo. Kapuściński obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades por «su preocupación por los sectores más desfavorecidos y por su independencia frente a presiones de todo signo, que han tratado de tergiversar su mensaje» (Wikipedia).
Kapuściński describe en una idea las consecuencias, nefastas para la sociedad, la libertad, la democracia y el periodismo, de que grandes corporaciones —algunas del espectáculo— acaparen medios de comunicación alrededor del mundo: «Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante». La prensa mercenaria y cínica de la cual nos previnieron Pulitzer y Kapuściński ha creado en México una brecha que separa más a la verdad de la mentira y la manipulación con propósitos económicos y políticos.
El choque de Andrés Manuel López Obrador con un amplio sector de los medios, la «comentocracia» y los poderes fácticos no empezó al asumir la presidencia. Desde que era jefe de Gobierno de Ciudad de México afrontó una prensa hostil, al margen de sus errores y de su estilo personal de ejercer el poder. Vicente Fox, en su torpeza infinita, pretendió eliminarlo del escenario político con el desafuero, en sintonía con la derecha y los medios afines, pero solo consiguió catapultarlo. La lista de columnistas y escritores que recibieron contratos de los gobiernos de Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto,
exhibida por AMLO al principio de su administración, fue la explicación a 18 años de embestidas y la denuncia de los ataques del poder y sus aliados en los medios.
El montaje mediático del exsecretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, que mantuvo en prisión por cerca de 20 años a Israel Vallarta es un pálido reflejo del daño que la complicidad y la manipulación pueden causar a una sociedad indefensa frente a los poderosos. Esa misma «comentocracia» trata hoy de debilitar a la presidenta Claudia Sheinbaum. El propósito que mueve a los grupos de presión es electoralista: tratar de conseguir a toda costa que la mandataria pierda la mayoría en el Congreso para someterla a sus intereses. Lo mismo intentaron en las elecciones intermedias de 2021 y en las presidenciales de 2024, sin éxito. La verdad dejó de importar en ciertos sectores, pero las urnas no han perdido la memoria.






