La transnacional llamada Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) sacó las garras y los colmillos para exprimir a los aficionados y obtener el máximo lucro posible en el mundial de este año. Los ingresos del espectáculo excederán los 13 000 millones de dólares, mas no todo es miel sobre hojuelas como lo advierte el periodista Gerardo Moyano en la edición reciente del bisemanario «Espacio 4».
«La FIFA vendió la Copa del Mundo 2026 como el torneo más ambicioso de todos los tiempos. Cuarenta y ocho selecciones, 104 partidos, tres países anfitriones y una proyección económica multimillonaria parecían suficientes para garantizar una fiesta global sin precedentes. Pero conforme se acerca el silbatazo inicial, el entusiasmo comienza a diluirse entre reportes de baja ocupación hotelera, precios prohibitivos, retrasos en infraestructura y críticas al modelo comercial impulsado por Gianni Infantino.
»La apuesta era gigantesca: transformar el Mundial en un espectáculo transcontinental capaz de superar cualquier edición anterior. Infantino llegó incluso a compararlo con “104 Super Bowls”. La frase terminó convirtiéndose en símbolo de la desconexión entre la narrativa corporativa y la realidad que viven los aficionados y las ciudades sede. Datos de la American Hotel & Lodging Association revelan que cerca del 80 % de los hoteles en sedes estadounidenses reportan reservas por debajo de lo esperado. Boston, Seattle, Filadelfia y San Francisco aparecen entre las ciudades más golpeadas.
»La caída en las expectativas económicas coincide con un contexto internacional marcado por inflación, conflictos bélicos y endurecimiento migratorio. La Copa del Mundo ya no llega a un planeta en expansión económica, sino a uno donde viajar resulta cada vez más caro y complejo. El torneo, concebido originalmente como una celebración multicultural, aterriza en una Norteamérica donde el discurso antiinmigrante volvió al centro del poder político estadounidense.
»Las políticas impulsadas por Donald Trump han generado temor entre potenciales visitantes extranjeros. Las redadas migratorias, el endurecimiento de revisiones de visado y la retórica nacionalista alimentan la percepción de que Estados Unidos dejó de ser un destino cómodo para millones de aficionados latinoamericanos. Gran parte del público que históricamente sostiene el ambiente de los mundiales —mexicanos, sudamericanos y comunidades migrantes—hoy es el mismo que podría enfrentar mayores obstáculos para entrar al país.
»El problema no es únicamente político. También es económico. Los boletos alcanzaron cifras inéditas. Entradas de cientos o miles de dólares para partidos de
fase de grupos, costos exorbitantes en reventa y aumentos en transporte y hospedaje han alejado al aficionado tradicional. Lo que durante décadas representó una experiencia popular comienza a transformarse en un evento reservado para corporativos y turismo de alto poder adquisitivo. Mientras tanto, las sedes mexicanas enfrentan otra realidad: la carrera contra el tiempo. Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México prometieron modernización, movilidad y conectividad internacional. Sin embargo, numerosos proyectos siguen incompletos y bajo cuestionamiento público a pocas semanas del arranque del torneo.
»El crecimiento del Mundial no responde únicamente a razones deportivas. La ampliación de 32 a 48 selecciones implica más partidos, patrocinadores, derechos televisivos e ingresos comerciales. FIFA calcula ganancias cercanas a los 13 mil millones de dólares para esta edición. La lógica empresarial terminó imponiéndose sobre la deportiva. Especialistas y aficionados advierten que el nuevo formato diluye la competitividad, incrementa los traslados y sobrecarga calendarios ya saturados.
»Europa expresa preocupación por costos logísticos, distancias entre sedes y tiempos de recuperación para los jugadores. Incluso selecciones menores temen gastar más dinero del que podrían recuperar participando apenas unos días. En Estados Unidos, además, el futbol continúa ocupando un lugar secundario frente a la NFL, NBA o MLB. Aunque el crecimiento del soccer es evidente, todavía no alcanza la centralidad cultural que la FIFA imaginó. La expectativa de convertir el Mundial en un fenómeno económico comparable con los grandes eventos estadounidenses parece haber sido sobredimensionada desde el inicio».






