Un reciente informe titulado La deuda ambiental de Pemex, elaborado por la doctora en ecotoxicología Diana Papoulias, estima que el costo total para limpiar los daños causados por un siglo de actividad petrolera en México asciende a 532,000 millones de dólares. Según la investigación difundida por el periodista Carlos Carabaña, esta cifra astronómica no solo incluye el desmantelamiento de infraestructura vieja, sino también la remediación de suelos, ríos y mares contaminados por ductos, pozos y plataformas marinas que han operado desde principios del siglo XX.
Para entender la magnitud del problema, el informe detalla que el ecosistema petrolero en tierra abarca 22 estados con 29,000 pozos y una red de tuberías de 68,000 kilómetros, una extensión que podría dar la vuelta al mundo casi dos veces. A esto se suma la infraestructura en el mar, donde existen cientos de plataformas y miles de kilómetros de ductos marinos. La contaminación proviene principalmente de fugas, derrames y las llamadas presas de desechos, que son depósitos antiguos de lodos y residuos tóxicos que se filtran hacia el agua que consumimos y hacia la tierra donde crecen los alimentos.
Ante este panorama, Petróleos Mexicanos (Pemex) sostiene que cuenta con seguros para cubrir eventos imprevistos y súbitos. Sin embargo, la petrolera estatal no reconoce la cifra de 532,000 millones de dólares, argumentando que desconoce la metodología utilizada por Papoulias. En sus propios reportes contables, Pemex solo contempla una reserva de aproximadamente 7,100 millones de dólares para labores de limpieza y cierre de pozos. Esta enorme diferencia entre los datos de la empresa y los de la científica surge porque Pemex solo registra obligaciones legales actuales, mientras que el informe independiente considera el daño histórico acumulado durante décadas de supervisión ambiental deficiente.
A pesar de la gravedad del diagnóstico, el reporte de Papoulias y Carabaña plantea una solución conocida como la economía de la remediación. Esta propuesta sugiere que limpiar el desastre no debe verse solo como un gasto, sino como una oportunidad para crear miles de empleos para científicos, técnicos y habitantes de las comunidades afectadas. Transformar la limpieza ecológica en una industria activa permitiría reparar el entorno natural de México mientras se genera bienestar económico, convirtiendo un pasivo ambiental en un motor de desarrollo para el futuro del país.






