Javier Milei, el presidente de Argentina que se autodenomina anarcocapitalista, obtuvo una victoria decisiva el fin de semana en las elecciones legislativas del país y, con ella, un mandato para seguir adelante con sus medidas de austeridad y recortes presupuestales.
Pero estas elecciones no eran solo un referendo de las medidas de Milei. En las mesas de votación pendía una amenaza: el presidente Trump dijo que descartaría un paquete de ayuda económica por 20.000 millones de dólares para Argentina a menos de que ganara el partido de Milei.
No era la primera vez que el gobierno de Trump intentaba influir en las elecciones de otro país. Pero era la primera vez que ofrecía un incentivo de 20.000 millones de dólares, uno de los mayores esfuerzos de este tipo realizados por Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial.
No sabemos si los comentarios de Trump antes de la votación influyeron en los resultados en Argentina del fin de semana. Sabemos, eso sí, que él quería que así fuera.
Lo que veremos en los próximos meses es si su apuesta por Milei resulta rentable políticamente, y si el éxito de Trump en Argentina lo anima a volver a intentar tácticas similares.
La historia del éxito de la injerencia electoral sugiere que la respuesta a ambas preguntas es que sí.
¿Una nueva era de injerencia estadounidense?
Trump se ha atribuido públicamente la victoria de Milei. Y Dov Levin, experto en injerencias electorales de la Universidad de Hong Kong. dice que es posible que no esté errado al hacerlo.
Las investigaciones de Levin indican que la injerencia extranjera en materia electoral aumenta, en promedio, en un 3 por ciento el porcentaje de votos del partido al que se ayuda. Cuando es manifiesta, el porcentaje es aún mayor.
Sus estudios también han revelado que los líderes que reciben ayuda para llegar al poder son, quizá sin sorpresa, más proclives a cooperar con sus benefactores.
No está claro si la intervención de Trump en realidad ayudará a que Argentina resuelva sus problemas. Pero lo que sugiere el ejemplo de Milei es que los países que se disponen a celebrar elecciones ahora pueden enfrentarse al factor adicional de una participación estadounidense, aparentemente motivada por la ideología y desplegada no de forma encubierta, sino en declaraciones públicas y desde los estrados de las conferencias de prensa.






