Hay quien trabaja ocho horas al día y quien trabaja 24 horas en WhatsApp. La diferencia consiste en que los primeros cobran una nómina y los segundos pagan la factura del móvil que repercute en el tiempo de los demás. El fenómeno merece atención sociológica porque ha surgido una nueva profesión sin convenio colectivo, a saber. el whatsappeador permanente, ese individuo que escribe, responde, reenvía y comenta desde que abre los ojos hasta que los cierra con el mismo fervor con que Tolstói llenaba cuadernos en Yásnaia Poliana. Con la diferencia de que Tolstói paría Guerra y paz y nosotros producimos “ok”, “jajaja” y un emoji ambiguo que puede significar entusiasmo, ironía o simple supervivencia digital.Se dirá que nunca se había leído y escrito tanto. Y es verdad. Pero no porque la humanidad haya descubierto una vocación literaria tardía, sino porque el dedo pulgar se ha convertido en el músculo intelectual del siglo XXI. La conversación continua de WhatsApp ocupa el tiempo, coloniza el trabajo, interrumpe las comidas y administra las amistades. Hay grupos de colegio, grupos de trabajo, grupos de fútbol, grupos de padres, grupos de gente que no recuerda por qué está en el grupo. Y cada grupo genera la ansiedad de quien teme haber dejado sin responder un mensaje de hace tres minutos. El silencio se interpreta como una afrenta moral.Los sospechosos somos los que no participamos de ese frenesí. El que tarda horas en responder, o incluso días, adquiere fama de antisocial, de arrogante o de criatura sospechosa. Se nos atribuye un temperamento hostil cuando en realidad solo practicamos una forma rudimentaria de libertad, la de no vivir pendientes de un teléfono. El whatsappeador compulsivo interpreta nuestra lentitud como un desprecio personal. Y viceversa, nosotros contemplamos su hiperactividad como una forma sofisticada de esclavitud.
El grado superior de esta liturgia son los mensajes de voz, una invención que ha permitido transformar la conversación privada en un pequeño podcast improvisado. Llegan siempre en el momento menos oportuno, cuando conduces, cuando trabajas, cuando entras en una reunión, y obligan a detener el mundo para escuchar una reflexión que podría haberse resumido en ocho palabras escritas. Hay quien envía audios de tres minutos para comunicar lo mismo que antes cabía en un “llego en 10”.Yo mismo he decidido declararlos inválidos, como si fueran billetes de una moneda en decadencia. No por puritanismo tecnológico, sino por higiene mental. El problema de WhatsApp no consiste en que nos haga escribir demasiado, sino en que nos convierte en funcionarios de una conversación interminable. Y el whatsappeador profesional ignora que trabaja jornada completa en una empresa invisible cuyo único producto es el ruido.El silencio se interpreta como un desprecio, como una insolencia o como un síntoma de hostilidad. De modo que respondemos. Siempre respondemos. Aunque no tengamos nada que decir. Aunque ya lo hayamos dicho. Y aunque sospechemos, muy en el fondo, que el mundo seguiría funcionando exactamente igual si algunos grupos de WhatsApp desaparecieran para siempre.






