Cuando era aprendiz de reportero ahorraba una parte de mi salario para ir a la Plaza de Toros de Torreón, enclavada en la colonia Moderna. A lo largo de los años vi a figuras de México y España, así como a novilleros que más tarde también lo serían (El Juli, Valente Arellano). Otros, como Aurelio Moya, «el Yeyo», sucumbieron antes de tocar la gloria. La lidia, uno de los juegos que acompañan al hombre desde la prehistoria, devino en arte con el correr de los siglos y está presente en todas sus expresiones: la poesía, la literatura, el teatro, la escultura, el cine, la música. Escuchar los pasodobles de Pascual Marquina, Manuel Penela, Antonio Álvarez, Elvira Checa, Agustín Lara, la antología «Encerrona» con Óscar Chávez y «Fantasía española» con Javier Solís, enamora del toreo.
Quienes se oponen a la fiesta ignoran su historia, su riqueza cultural y sus múltiples aportaciones, no tanto económicas, pues muchas veces ocasiona pérdidas en vez de generar utilidades. Los ganaderos y las empresas las asumen para preservar a uno de los especímenes más bellos y las tradiciones más hermosas. Me refiero a los valores que infunden. Uno de ellos es el respeto por la vida, aunque parezca contradictorio. Al toro se le cuida, se le ama, se le protege. Su muerte en la arena, para la cual nació, es la más digna a la que animal alguno pudiera aspirar. A los leones, elefantes y otras fieras se les caza sin respetar su derecho a defenderse ni de ver a los ojos a quienes, de manera alevosa, ponen fin a su existencia.
Resulta paradójico que en la época más violenta y bárbara de la humanidad, donde se destruyen vidas antes de nacer y la sevicia inunda las pantallas. Donde hay espectáculos grotescos que denigran a hombres y mujeres. Donde la virilidad y la feminidad ofenden. Donde se prefieren mascotas a hijos. Donde las mujeres son maltratadas, violadas y asesinadas. Donde la corrección política sirve de máscara a la hipocresía. Donde la mitad del mundo quiere quedar bien con la otra mitad. Donde se tolera y aplaude a los corruptos. Donde se prefiere el músculo a las neuronas y donde los vacíos existenciales le llenan con porquería, pandillas carnívoras se levanten para condenar al toro a su desaparición. Farsantes.
Toros habrá en el mundo mientras no muera el último astado y no viva el último taurino. Uno solo. El fariseísmo y la incultura de quienes combaten la fiesta les aflora por los poros. Si tanto les importa la vida (humana y animal), ¿por qué en su agenda no incluyen medidas que palien el calentamiento global? La carne que seguramente consumen proviene del ganado cuya
producción de metano (CH4) acelera el cambio climático. ¿Por qué ensañarse con el toro y su cadena virtuosa? ¡Viva la fiesta! ¡Vivan la tauromaquia! ¡Vivan quienes lo hacen posible y la defienden! ¡Viva la libertad! Una rechifla para los cobardes que, amantes del torero, se humillan en vez de sacar la casta. Si en Coahuila un fanático la prohibió, que la razón reabra las puertas de las plazas. ¿Corridas sin sangre? ¡Vaya sandez! Díganle al toro que deje de embestir y que no cornee. Ópera con mímica. Lucha libre sin show. Rodeos sin reses ni caballos. Charrería sin coleadas. A eso equivale la decisión de la jefa de Gobierno de Ciudad de México, Clara Brugada. ¡Vaya estupidez! ¿Por qué no mejor política sin payasos, zánganos, merolicos y farsantes? ¿O mejor aún, sin políticos? John F. Kennedy decía: «Si hubiera más políticos que supieran poesía y más poetas que entendieran de política, el mundo sería un lugar un poco mejor para vivir en él». Y más aun si conocieran de toros.