El vertiginoso desarrollo de la inteligencia artificial es un fenómeno que ya marca con profundidad la vida contemporánea, y todo hace presagiar que su impacto en el medio-largo plazo será extraordinario, inimaginable. Se trata de una revolución tecnológica llena de promesas; pero también de riesgos inquietantes. No hace falta irse al extremo de un mundo dominado por una IA fuera del control humano: hoy mismo ya tiene el potencial de causar graves problemas de seguridad, desestabilizar instituciones democráticas facilitando la manipulación de las opiniones o provocar una problemática disrupción del mercado laboral.
Es necesaria una gobernanza, que debe ser internacional dada la naturaleza de la tecnología y sus consecuencias. No serán suficientes esfuerzos nacionales. Debe haber una coordinación global que ofrezca garantías de explotar las promesas y reducir los riesgos. Ahora estamos a una distancia abismal de conseguirla.
Los expertos debaten sobre cómo avanzar en esa senda. Simplificando, puede optarse por un modelo con una o un conjunto de nuevas instituciones que centralicen la gestión, o por otro que trate de maximizar la capacidad de cooperar en un marco institucional difuso. En primer plano, se cita como modelo el sector de la energía nuclear, otra tecnología llena de promesas y riesgos, y su Organismo Internacional de la Energía Atómica —a la cual debería añadirse como referencia el Tratado de No Proliferación Nuclear—. Este modelo tiene el atractivo de prometer una coherencia de acción y una representatividad deseables. Sin embargo, el actual panorama geopolítico perfila como inviable la construcción de algo parecido. La alternativa parece la única opción realista a corto plazo. Pero ello no debe inducir a desistir en el esfuerzo de divisar un marco de gobernanza que ahora parece utópico. Hubo quienes imaginaban la UE en plena II Guerra Mundial. Por Andrea Rizzi






