Hay quien se obstina en decir que Halloween no es más que una invasión yanqui, una patraña comercial, una fiesta sin arraigo. Y sin embargo, lo que de verdad perturba a sus detractores no es su extranjería, sino su alegría particular. Les indigna que la muerte, esa figura solemne de La Catrina y el incienso de copal, se haya atrevido a ponerse unas medias naranjas y una sonrisa de neón. Que los niños, en vez de guiar a las almas al altar, salgan a buscarlas disfrazados de zombis, con la misma insolencia con que los vivos se burlan de los cementerios.
México, a pesar de su profunda tradición de reírse de la calaca, no ha superado todavía la idea de que solo existe una forma pura y legítima de interactuar con la muerte. Por eso los guardianes de la melancolía —o de la autenticidad— insisten cada año en la pureza del Día de Muertos: papel picado, ofrendas monumentales, altares convertidos en exposiciones de arte prehispánico. Es la estética de la tradición institucional. La religión del cempasúchil.
Halloween, en cambio, representa la herejía gozosa. La resurrección pop de los muertos. El instante en que los vivos se ríen del miedo y lo visten de purpurina. La risa como exorcismo. El disfraz como antídoto. Nada hay más saludable que trivializar la tragedia, que convertir el pavor en fiesta, que asumir la finitud del cuerpo con una bolsa de dulces y una máscara de monstruo.
Es comprensible que los beatos del pan de muerto vean en Halloween una provocación. Les irrita el desparpajo con que los niños se adueñan de la noche, la frivolidad con que los disfraces de látex sustituyen a las calaveritas de azúcar, el descaro con que el miedo se convierte en comedia. Y sin embargo, el paganismo festivo de Halloween está más cerca de la verdad que el misticismo fúnebre del catolicismo. Porque ambos hablan de la muerte, pero solo uno la hace un juego explícito.
El 2 de noviembre, las calles y los altares mexicanos parecen procesiones inmóviles de solemnidad. Familias vestidas de domingo, flores frescas, silencios de catálogo. Es el culto a la memoria, a la lágrima prescrita. Halloween, por el contrario, es la pedagogía de la transgresión: enseña a los niños que el miedo puede ser un juego, que la muerte no es el final sino el escenario de una mascarada infinita.
Hay en todo esto una batalla simbólica. La tradición mexicana quiere conservar su monopolio sobre el más allá, mientras Halloween propone una democratización del espanto. Ya no hacen falta sahumerios ni velas: basta un antifaz de vampiro para comprender que la vida y la muerte son dos capítulos del mismo relato absurdo.
Por eso defiendo Halloween. No como una importación cultural, sino como una sublevación estética. Como un ajuste de cuentas con la solemnidad. Como una reconciliación lúdica con el miedo. Los muertos no necesitan solo mole y mezcal: necesitan memoria, y un poco de música. Y si acaso un brindis con ron en su honor, antes de que el amanecer devuelva a todos a la rutina del luto.
De modo que sí, celebremos Halloween. Que los niños salgan con sus bolsas de caramelos y los adultos con sus demonios reciclados. Que las calabazas convivan con el cempasúchil. Que el terror se vuelva pop. Al fin y al cabo, nada más triste que un país que solo sabe celebrar la muerte de una única manera. Y nada más digno que reírse de ella, aunque sea con colmillos de plástico.






