La bandera de México ondeó en la Convención Nacional Republicana celebrada en Dallas, Texas, en pleno mes patrio, y provocó la ira del vicepresidente de Estados Unidos, James Davis Vance. Antes de ocupar el cargo, J. D. escribió sobre su actual jefe: «Voy y vengo entre pensar que Trump es un idiota cínico como Nixon que no sería tan malo (y podría ser hasta útil) o que es el Hitler americano. ¿Te parece descorazonador?», respondió a un excompañero de habitación en la Escuela de Leyes de Yale.
Cuando Trump tenía ya la candidatura en la bolsa, Vance volvió a la carga en un artículo para The New York Times publicado en 2016: «(…) no es apto para el cargo más alto de nuestra nación, pero a aquellos humillados por la derrota él les promete que ganarán de nuevo. (…) Él les dice lo que ningún otro político republicano importante ha dicho en una década, que la guerra (en Irak y Afganistán) fue una terrible equivocación impuesta al país por un presidente incompetente (George W. Bush)».
Ese mismo año, en una colaboración para The Atlantic, el exsenador por Ohio retrató al magnate neoyorquino: «Lo que Trump ofrece es un escape fácil del dolor. Para cada problema complejo, él propone una solución simple (…) Él nunca ofrece detalles de cómo esos planes funcionarán porque no puede hacerlo. Las promesas de Trump son la jeringuilla en la vena colectiva de Estados Unidos». En una entrevista con el programa Fresh Air, el ahora vicepresidente declaró: «Creo que voy a votar por un tercer partido, porque no soporto a Trump. Creo que él es venenoso y está llevando a la clase trabajadora blanca a un lugar muy oscuro. Mi padre es simpatizante de Trump y siempre le digo: “Papá, tú sabes, Trump no va realmente a mejorar ninguno de esos problemas”».
Las citas las he tomado de un texto de Mariana Rambaldi, periodista de Univisión (28.07.24), acerca del «largo historial de declaraciones negativas (de JD Vance) sobre Trump de las que luego se arrepintió. Ahora, que es el elegido para acompañar al expresidente como su compañero a vicepresidente, reflotan esas críticas que no fueron nada suaves». La receta de Abraham Lincoln para no morderse la lengua es infalible: «Hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios».
Los líderes visibles del Partido Republicano están desesperados por las elecciones del 3 de noviembre próximo. Pero aun con niveles de aprobación por los suelos, Trump y Vance no dejan de atizar la polarización, el miedo y la mentira. «Los demócratas —dijo J. D. en Dallas— son el partido del odio. Son
el partido que desprecia a Estados Unidos y a las personas que lo construyeron. Son el partido que puede sentir simpatía por los terroristas que perpetraron los ataques (del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas)».
Trump sabe lo que le espera si pierde la mayoría en el Senado y en la Cámara de Representantes. «Tienen que ganar las elecciones de mitad de periodo —azuzó a los republicanos—, porque si no las ganamos, simplemente… bueno —los demócratas— encontrarán una razón para someterme a juicio político. Me destruirán» (NBC News, 06.01.26). La sobrerreacción por la bandera de México en la convención de Dallas refleja el estado anímico y emocional de un par de patos cojos cuya suerte, en las urnas, parece echada. La factura que los latinos, los obreros y los jóvenes le pasen en las urnas será del tamaño de los agravios recibidos.






