La escena política actual en Coahuila, o más bien la política de por acá, se ha transformado en un verdadero teatro de simulacros. Lejos de ser un espacio de trabajo, representación y pensamiento, parece que los actores de este drama se han rendido a la inercia. Su vida pública es una disyuntiva constante entre hacer lo que sus puestos les exigen y la tentación de dejar pasar el tiempo, convencidos de que ya vendrá otra oportunidad. Este enfoque no distingue entre bandos ni colores, todos participan de la misma obra.
La acción política se ha visto suplantada por una mera presencia. En su amplia mayoría los políticos de todos los niveles, desde un simple atril hasta una magistratura, han adoptado la estrategia del “estar”, de la pura figuración y la apariencia. La rutina ha sustituido a la oportunidad, y el espejismo de que algo sucede es lo único que nos queda, ya que las decisiones brillan por su ausencia. La supervivencia en el cargo se ha vuelto el máximo triunfo, confundiendo la inercia con el liderazgo. Lo importante no es lo que se hace, sino lo que se anuncia.
Esta somnolencia política no es exclusiva del partido en el poder; también ha infectado a la oposición. Tanto azules, verdes y morenos han caído en la misma hipnosis, adoptando la táctica del espectador paciente. Con la esperanza de que el adversario tropiece y caiga por sí solo, esperan, sin darse cuenta de que el enemigo se pudre entre sus propios errores y fallos, pero no cae. Es un patrón de conducta que confunde la prudencia con la inacción y la estrategia con la pereza. Incluso, la figura femenina en este escenario se ve reducida a un oficio de modelo de redes sociales, dejando de lado el deber de denunciar y señalar los abusos. Si lo hacen, es siempre a media voz y con el pretexto de una etiqueta.
En esta puesta en escena, los empleados públicos han hecho de la resistencia su programa de gobierno. Confunden la alternativa con la contemplación, hasta que llega la orden de actuar. Los azules por su parte, prolongan la ficción de un liderazgo sin partido, mientras los verdes y petistas se ejercitan en la haraganería política, sólo interrumpida por la distorsión de sus selfies. No hay acción, solo representación; no hay sustancia, sólo gestos. El mérito ya no reside en decidir, ser o hacer, sino en el simple hecho de permanecer.
En estas tierras coahuiltecas parece que el único que trabaja es el Gobernador, los demás son actores mudos, como títeres esperando que alguien llegue y mueva los hilos de su mermada decencia y de sus capacidades para hacer, y para pensar. En este sentido el gobernante agita y mueve a los tricolores según su plan de gobierno; consciente que los opositores están paralizados ante las circunstancias; se pelean entre ellos, no acuerdan, menos se unen. Así, el gobernante camina firme y sin contratiempos de parte de la oposición. Sus decisiones sólo serán juzgadas por la historia y la memoria colectiva, actualmente las encuestas lo ponen como uno de los gobernadores más trabajadores, confiables y seguros del país.






