Ha muerto Robert Redford, y con él se apaga una geografía entera de rubio solar y mirada azul. Era un actor, sí, pero sobre todo era un clima, una estación permanente, un mito que se dejó crecer como el flequillo que le volaba al viento. Fue guapo con insolencia, con esa belleza de calendario que parecía maldición y privilegio al mismo tiempo. Y, sin embargo, no se conformó con ser póster: quiso ser conciencia, quiso ser cine.
Lo entendió Sidney Pollack mejor que nadie. Pollack lo filmaba como si lo escribiera, como si descubriera en Redford una hondura callada que no cabía en los espejos. Juntos bordaron la saga de un héroe moral, desde Los páramos de Jeremiah Johnson hasta la conspiración elegante de Three Days of the Condor, pasando por el romance de Memorias de África, que aún huele a champú sobre la melena de Meryl Streep en la sabana.
Y ahí estuvo Paul Newman, como contrapunto y como aliado. El descaro travieso de Newman al lado de la frialdad patricia de Redford. Uno era la carcajada; el otro, la media sonrisa. Juntos eran la estampa más invencible que Hollywood fabricó en los setenta, cómplices de atracos y de huidas, como si la amistad también pudiera rodarse.
Redford murió en Sundance, su guarida y su metáfora, rodeado de montañas que parecían decorados de sí mismo. No deja una herencia: deja un espejismo. Fue el paisaje entero de una época. Y ahora que se ha ido, entendemos que ningún algoritmo, ningún superhéroe de hojalata, podrá reemplazar el misterio solar de aquel hombre que parecía eterno.






