Volver al trabajo después de las vacaciones de fin de año no es volver, es reincidir. Es una recaída inevitable. Sin embargo, nos esforzamos en maquillar la tragedia con frases motivacionales como «hay que recargar energías». Es una expresión vacía y sin sentido, como si fuéramos un simple aparato electrónico que, después de unas semanas de descanso y fiesta, puede recuperar su «energía nuclear» para enfrentar la noble tarea de llenar tablas de Excel con alegría y entusiasmo.
Enero es el mes de los cobardes. El año se reinicia de verdad, pero los propósitos hipócritas siguen siendo los mismos: comer más sano, hacer ejercicio, dejar de usar el móvil en las noches. Pura fachada. Tres días de oficina bastan para que el táper saludable regrese a ser un sándwich rápido y el gimnasio se reduzca al sprint para no perder el metro. Pero la meta principal es aparentar reinvención, aunque solo sea para subir una story con un calendario nuevo y frases recurrentes como: «encarar el año con ilusión», «empezar con fuerza», «limpieza mental» y «alinear propósitos».
La vuelta al trabajo no necesita mitología, necesita luto. Pero hemos decidido ritualizarla como si fuera un rito de iniciación. «Resetear la mente», «volver con otra mirada», «ilusionarse con nuevos proyectos». Es irónico: en diciembre decíamos que necesitábamos vacaciones del trabajo, y en enero decimos que el trabajo nos da orden. ¿En qué momento los departamentos de recursos humanos se apropiaron del lenguaje? ¿Por qué aceptamos sin rechistar que «salir de la zona de confort» significa tragar reuniones a las ocho de la mañana con gente que habla de «sinergia» y «optimización»?
Hay quienes regresan al trabajo con cara de funeral. Otros vuelven como si fueran a salvar el mundo desde una presentación de PowerPoint. Y luego están los que no se fueron, y se permiten el lujo de preguntarte si «desconectaste». ¿Desconectado de qué, exactamente? Si lo único que se desconecta es la cobertura en la casa de tu abuela. Si te pasaste la mitad de la Navidad buscando Wi-Fi para revisar que tu universo laboral no se haya derrumbado en tu ausencia.
Los gurús de LinkedIn ya lo han dejado claro: la vuelta es una oportunidad, una ventana, un lienzo en blanco. Otra frase muerta. Como si el correo de bienvenida y el calendario de objetivos fueran un manual de autoayuda. «Este año nos trae nuevos retos», escribe el jefe, como si fuera el director de un colegio o el guía espiritual de una secta.
Y no olvidemos el reencuentro con los compañeros. Es conmovedor ese momento en el que alguien finge interés por tus vacaciones mientras espera su turno para hablar de las suyas. «¿Y a dónde fuiste? ¿A visitar a la familia o de viaje?» —dicen, sin siquiera mirarte. Porque de eso se trata. De pasar el trámite conversacional para poder volver a hablar del presupuesto, del cliente, de las metas y de que «este año sí lo vamos a lograr todo». O nada. Porque todos piensan en lo mismo: ¿cuándo será el próximo puente festivo?
Enero es un lunes de 31 días. Una coreografía de hipocresías corporativas. Y la frase final, la que resume todo este delirio con la precisión de un epitafio, es siempre la misma: «Ya necesitaba volver a la rutina».
No. Lo que necesitas es un milagro. O un sindicato.






