No es pequeña la campaña que ha emprendido la obispa Mariann Edgar Budde en el púlpito de la Catedral Nacional de Washington. Me refiero a la homilía que dedicó a Trump en el acto religioso posterior a la investidura, recordándole que el principio fundacional del cristianismo consiste en la tolerancia y en la conciencia del prójimo.Por eso le reprochó la persecución de los inmigrantes y las soflamas contra la comunidad LGTBI. Y por idénticas razones, el presidente americano concluyó en las redes sociales que la autoridad eclesiástica es “una odiadora de extrema izquierda”.Odiadora no lo sabemos, pero historiadora, madre y abuela lo es, además de una personalidad insigne de la comunión anglicana entre cuyas reivindicaciones destaca el derecho al matrimonio homosexual.Vive en sociedad Budde, queremos decir. Y se responsabiliza de las angustias sociales, precisamente porque el cristianismo sería la respuesta a los desheredados, sin necesidad de incurrir en la teología de la liberación.Sabemos por Vox en España que la religión no tiene que ver con la fe, sino con la identidad, y que Santi Matamoros levanta la cruz para ahuyentar a los musulmanes en nombre del nacional-catolicismo, pero el debate estadounidense es más complejo porque opone conceptual y políticamente el Nuevo y el Antiguo Testamento.
Los progresistas de la obispa Budde sostienen que vivir como Jesús implica aceptar a los demás y luchar por la justicia social, mientras que los conservadores trumpistas consideran que EEUU se encuentra en un estado de decadencia moral por no haber seguido la palabra de Dios.Ya se ha atribuido Trump el papel de defenderla -la palabra divina-, convirtiéndose en el verdadero mesías. Quizá es lo menos que puede hacer, después de proclamar que Dios le salvó la vida en el aquel magnicidio fallido de Pensilvania.Fue la premonición de su victoria, la unción que predispuso su regreso a la Casa Blanca. Hablamos mucho de las teocracias árabes, pero el nuevo inquilino del despacho oval se ha adherido a la proyección metafísica del cargo y se ha aparecido como el “elegido”.Es interesante la pugna religiosa porque la polarización de la patria también concierne a la exégesis del cristianismo. Trump representaría el viejo orden, la idea del Dios castigador y remoto, mientras que Budde expone la idea de Cristo humano y ejemplar. El que nunca votaría a Trump si pudiera.