Cuando el fútbol corrompe las relaciones
Hubiera preferido el Bayern al Madrid en los octavos de la Champions, y no por razones futbolísticas, sino por argumentos de convivencia y de salubridad en las relaciones personales.
La polarización de la vida política se ha trasladado al fútbol con extraordinaria virulencia. Incluso ha llegado a los estadios y a las aficiones y a las tertulias la judialización del deporte, entre el VAR y la casta arbitral.
Tampoco hay separación de poderes en la liga española. Por las injerencias de los unos y de los otros, de Tebas a Florentino, y porque el dogmatismo que caracteriza la actualidad política repercute en el fanatismo del fútbol.Y me empieza a preocupar el enrarecimiento de las amistades. La susceptibilidad con que se trasladan a la cotidianidad los respectivos humores balompédicos.
Llega a convenirse eludir las conversaciones futbolísticas, como si no fuéramos adultos para plantearlas. Y como si la censura y la autocensura sirvieran de pretexto a un pacto social.
Y sabemos que la tregua es precaria. Y que nosotros mismos, los periodistas, nos comportamos de manera irresponsable con la lectura parcial e interesada de los acontecimientos.No es que tema al Madrid. No me apetece.
Me produce pereza la ida y la vuelta de una eliminatoria intoxicada por la manía persecutoria de los árbitros y por los traumas del pasado.Serían más sencillas las cosas si nos hubiera tocado el Bayern. Y si no se hubiera disparatado el calendario con tres partidos del Barça en un mes, pero también me tranquilizan el pánico y la psicosis que engendra el chamán Simeone en nuestros adversarios.
Hubieran preferido el Leverkusen, me consta.
Y me he acordado yo de la frase más célebre de Estanislao Figueras, primer presidente del Ejecutivo de la primera república, antes de autoexiliarse en París. “Señores, estoy hasta los cojones de todos nosotros”.