Una de las intenciones de esta newsletter es hablar de cuestiones más cercanas. Y no se me ocurre nada más cercano que referirme al ensayo que acabo de publicar y que me presentaron Susanna Griso y Carlos Alsina el pasado jueves, naturalmente en una ceremonia amañada.Ya decía Roberto Bolaño que no creía en los prólogos de los libros, pero sí en la amistad. Y puede decirse lo mismo de las presentaciones de los libros. Más que exponer la obra al escrutinio público, se celebra como una reunión de amigos y como un acto de propaganda más o menos entrañable.Otra cuestión es que el autor haga reivindicación de sí mismo en un espacio como la newsletter. Por eso me disculpo de la vanagloria y de la vanidad, pero también considero interesante aludir al título del libro en cuestión, Tenemos que hablar, así como a su contenido, es decir, abordar el lugar de la palabra, de la charla, en una sociedad malacostumbrada a la deshumanización y a la religión de la tecnología.La gran paradoja de la era de la hipercomunicación consiste en el aislamiento, en el ensimismamiento, en la precariedad de las relaciones personales cada vez que nos esclavizan los smartphones.Y no es cuestión de recelar de sus cualidades ni de sus virtudes, sino de sopesar los inconvenientes y de observar hasta qué extremos se ha deteriorado la calidad de la conversación. No se habla en las familias como sucedía antaño ni se concibe una charla de amigos con el móvil apagado o en la chaqueta. La mejor imagen de las intenciones de este ensayo podría resumirse con un grupo de cinco colegas reunidos en una mesa y mirando cada uno su terminal telefónico, como si ejerciera un poder magnético.
Está claro que tecnología ha mejorado nuestras vidas y que el desarrollo tecnológico fomenta contactos y relaciones que antes resultaban imposibles. Podemos hablar a través de la pantalla con un familiar que se encuentra en Australia sin gastarnos un euro en la experiencia. Y hemos estimulado toda suerte de comunicaciones en nuestros grupos de WhatsApp, pero el móvil, las tablets y otras soluciones alternativas han suscitado un grado de dependencia -de adicción- que perjudica la conversación de los adultos y daña la sociabilidad de los menores.Se explica así mejor el título imperativo de este ensayo: Tenemos que hablar. No es un manual de autoayuda, pese a las resonancias comerciales del epígrafe. Tampoco se trata de evocar el mandato que identifica la salida (o la entrada) de una crisis conyugal (“cariño, tenemos que hablar”). “Tenemos que hablar” quiere decir que deberíamos reflexionar sobre la crisis de la conversación. Y no solo por el impacto lesivo o nocivo de la tecnología, sino porque nuestras sociedades abiertas se resienten del efecto perjudicial de la censura (y de la autocensura) y porque la cohibición de nuestras charlas se añade al problema endémico de la soledad.
Estamos solos en compañía de personas solas a través de las redes y de las comunicaciones. Y ha prosperado un inquietante proceso de deshumanización que se explica en el aislamiento o que se manifiesta en las relaciones fingidas con que exploramos las redes sociales. Construimos personajes. Nos ponemos en relación con otras ficciones. Alardeamos de una vida que no tenemos. Ligamos desde la impostura. Y no hacemos otra cosa que hablar sin decir nada. Nunca hemos leído y escrito más que nunca en la historia de la Civilización, pero los canales que utilizamos -WhatsApp, Telegram y las demás variantes- redundan en la superficialidad de la experiencia.Y no es cuestión de idealizar el pasado, sino de diagnosticar los síntomas de una sociedad que necesita definirse en claves audiovisuales -el homo videns, del que hablaba Giovanni Sartori-, que está perdiendo la capacidad de abstracción y que está incurriendo en una suerte de silencio tecnológico.Podríamos quedarnos totalmente mudos sin que el hipotético trauma condicionara nuestra manera de relacionarnos. Lo seguiríamos haciendo con el chateo, los memes y las memeces. Mantendríamos vigente nuestro perfil dopado en las redes sociales. Y perseveraríamos en los vínculos impersonales, sin profundidad, compromiso ni la menor enjundia. La sociedad se define en la línea horizontal. No se verticaliza.La buena conversación fluye sin un propósito, transcurre sin una intención, aunque su mejor cualificación requiere el cumplimiento de ciertas reglas.El civismo. Saber escuchar. Atreverse a exponer los propios argumentos. Ser conscientes de la alteralidad. Admitir que nuestras certezas pueden rebatirse y desmoronarse. Fomentar un sentimiento, un compromiso. Sanar al prójimo con las palabras adecuadas. Eludir el egoncentrismo. Evitar los tópicos y los clichés (y el dinero y las enfermedades). Renunciar a las boutades y las descalificaciones. Valorar que la conversación no debe consistir en monólogos encadenados. Y nunca citar a Hitler en vano.
Son algunos de los consejos que aparecen en el libro, aunque el ensayo que tienen ustedes delante también reflexiona sobre la importancia del silencio, sobre la capacidad terapéutica de la charla, sobre la relevancia categórica del lenguaje no verbal y sobre la trascendencia de la conversación en la historia de la humanidad, empezando por el hallazgo del diálogo socrático.Nos enseñó Sócrates a preguntarnos las cosas, a dudar de nuestras convicciones y a tejer el misterio de la dialéctica entre unos y otros, como si estuviéramos construyendo un gran relato del que somos herederos y continuadores. Ninguna cualidad es más humana que la conversación.Renunciar a ella por el influjo de la tecnología implica un retroceso que no deberíamos permitirnos. Sería una manera disparatada de sabotearnos. Y de ceder a la tiranía adictiva de las redes que nos capturan como los insectos de una tela de araña al acecho. El progreso científico identifica nuestro tiempo tanto como lo hacen la charlatanería y la credulidad. La comunicación se resiente de la toxicidad y del fango. Por eso necesitamos desarrollar un espíritu crítico cuya lucidez procede de la noción de la palabra. Hay personas que hablan para decir algo. Las hay que dicen algo para hablar. Discriminar unas de otras identifica el umbral positivo o negativo de la conversación en el país sagrado de los tertulianos.Tiene sentido dedicarles el último capítulo porque yo mismo formo parte de ellos y porque la tertulia política, deportiva, del corazón o de sucesos, estiliza e identifica la predisposición de los españoles a hablar en el bar, en la sobremesa, en la pandilla o en la sala de espera del dentista.






