Enrique Peña Nieto detonó la bomba que acabó con el PRI, pero no es el único responsable del colapso. La responsabilidad la comparten los gobernadores; y antes que ellos, la tecnocracia, cuya característica común es la rapacidad. A falta de una opción sólida y confiable, y del fracaso del PAN, el PRI regresó al poder en 2012. Peña se ganó el título de «telepresidente» por el papel de las cadenas nacionales en la construcción de su candidatura. La elección se decidió en las cúpulas, y Peña, un político sin luces que nunca estuvo a la altura de las circunstancias, las recompensó con creces.
The New York Times publicó, en diciembre de 2017, un texto sobre Peña y su relación con los medios de comunicación. «El reportaje de Azam Ahmed (…) le da cuerpo y forma a un fenómeno típico del peñismo: la reproducción de la fórmula fallida y corrompida del telepresidente en todas las entidades», escribió entonces el periodista Jenaro Villamil. «El resultado —advierte— es un panorama mediático en el que los funcionarios federales y estatales dictan las noticias de forma rutinaria, exigiéndole a los medios qué es lo que deberían y lo que no deberían informar. Según docenas de entrevistas con ejecutivos, editores y periodistas. Los reportajes contundentes a menudo son suavizados o se posponen indefinidamente, si es que llegan a investigarse. Dos tercios de los periódicos mexicanos admiten que se censuran» (Proceso, 26.12.17).
Peña gastó más que ningún presidente en imagen (60 mil millones de pesos) y es el peor calificado (24%). Los mandatarios que generan mayores expectativas son los que más decepcionan. El antecedente, previo a la alternancia, es el de José López Portillo. La debacle de Peña empezó en el segundo año de su Gobierno. La investigación del equipo de Aristegui Noticias sobre la Casa Blanca, adquirida a un contratista amigo suyo, lo puso en la picota. Meses más tarde, The Wall Street Journal reveló que el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, había adquirido una casa al mismo empresario.
El modelo de venalidad y control mediático, como observa Villamil, se reprodujo en los estados. Políticos que antes de ocupar el poder carecían de fortuna devinieron millonarios y empezaron a acumular propiedades: ranchos, residencias, fraccionamientos, periódicos, radiodifusoras, estaciones de televisión, gasolineras. Atrapado en el pantano de la corrupción, como The Economist describió la situación del país, Peña no tenía autoridad para pedir cuentas a los gobernadores. ¿Cómo, si ellos habían cofinanciado su campaña con fondos públicos?
BBC News Mundo identificó cinco causas por las cuales Peña Nieto terminó por ser uno de los presidentes más impopulares de México. «1) Casa blanca y corrupción. El escándalo que detonó esta percepción fue la compra, por parte de su esposa Angélica Rivera, de una mansión valuadas en 7 millones de dólares; 2) Los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Es, según organizaciones civiles, uno de los casos más dramáticos de la historia reciente del país; 3) El “gasolinazo”. (…) El aumento de los combustibles “hizo que perdiera toda credibilidad. La gente tenía la expectativa de que bajarían los precios; 4) De acuerdo con proyecciones como las del diario Reforma, durante el mandato de Peña Nieto se cometieron más de 125 mil asesinatos, la cifra más alta de la historia (superada en el sexenio de AMLO); y 5) La tormenta Donald Trump. En agosto de 2016 Peña Nieto invitó al entonces candidato Donald Trump a una reunión oficial en Los Pinos. (…) «Subestimé el gran resentimiento que había para con el presidente Donald Trump», reconoció. Peña tampoco dimensionó la animadversión hacia él, su Gobierno y su partido.






