La Basílica de Guadalupe, el santuario más importante de la fe católica en México, se encuentra envuelta en un nuevo escenario de tensiones internas debido a acusaciones de corrupción y malos manejos administrativos. Según expone el analista Bernardo Barranco V., el actual rector del recinto, Efraín Hernández Díaz, enfrenta serios señalamientos de cohecho y simonía —la comercialización de bienes espirituales— por parte del propio cabildo de sacerdotes encargados de la supervisión del templo. La controversia escaló luego de que el cardenal Carlos Aguiar Retes reinstalara al rector tras haberlo destituido meses atrás, provocando la indignación y renuncia de varios consejeros.
Este tipo de conflictos por el control de los cuantiosos recursos económicos del santuario no es una novedad en la historia eclesiástica del país. El autor recuerda la dura disputa ocurrida en la década de los noventa entre el arzobispo Norberto Rivera y el entonces abad Guillermo Schulenburg. Este último, quien dirigió la Basílica por más de treinta años y financió la construcción del nuevo templo en 1976, mantenía un estilo de vida rodeado de lujos, propiedades y vehículos de alta gama, sin rendir cuentas a ninguna autoridad, hasta que su salida se precipitó tras declarar en una entrevista que Juan Diego era un símbolo y no un personaje real.
Posteriormente, durante la gestión del rector Diego Monroy, aliado de Rivera, se mantuvieron los manejos mercantilistas mediante proyectos como la Plaza Mariana y la comercialización de la imagen guadalupana. Barranco V. advierte que, de cara al próximo jubileo por los 500 años de las apariciones marianas, el alto clero muestra una grave falta de sensibilidad. Para el analista, las ambiciones materiales y las intrigas por el poder económico continúan prevaleciendo sobre la misión de resguardar con dignidad la devoción del pueblo mexicano.






