Puede que Dios haya sido la mayor creación del hombre. La más temeraria, la más refinada, la más útil. Y también la más peligrosa, porque ninguna otra invención humana ha legitimado con tanta eficacia la esperanza, el consuelo, el fanatismo y la carnicería. Hemos concebido a Dios como el reverso exacto de nuestra intemperie, infinito frente a nuestra caducidad, omnisciente frente a nuestra ignorancia, omnipotente frente a nuestra impotencia. Lo hemos imaginado perfecto porque nosotros no lo somos. Y porque necesitábamos que «alguien» lo fuera.
La singularidad del cristianismo no consiste sólo en haber dado nombre y atributos a la divinidad, sino en haberle dado biografía. Dios hecho hombre. Dios con cuerpo. Dios con hambre, con miedo, con dolor. Ahí reside la audacia incomparable del relato cristiano, haber unido la trascendencia con la carne, el cielo con la angustia, la eternidad con el sufrimiento. Cristo no comparece únicamente como redentor. Comparece como semejante.
De ahí que la Pasión no deba entenderse sólo como una liturgia del suplicio ni como una estética de la sangre, aunque la imaginería barroca se haya complacido tanto en ambas cosas. La Pasión representa la identificación extrema de Dios con el dolor de los hombres. Y la Resurrección, más que el prodigio, representa la promesa. La gran promesa. La reparación de la muerte. La refutación de la nada.
Uno pertenece, sin demasiado conflicto, a la estirpe de los incrédulos. O de los agnósticos. O de los ateos. Incluso a las tres categorías a la vez, según el día, el humor y la intensidad del espanto. No ya porque sobren los argumentos contra la metafísica ni porque las distintas versiones de la inmortalidad se excluyan entre sí con una desenvoltura pintoresca, sino porque la resurrección de la carne, lo decía Cioran, produce más pavor que alivio. Y porque la idea del cielo, entendida como perpetuidad consciente, acaso intimide más que el propio infierno. La condena eterna parece una exageración jurídica. La dicha eterna, una forma de agotamiento.
Una cosa es descreer y otra muy distinta es renegar del espesor cultural, simbólico y sentimental de la religión. Ahí empieza una tontería contemporánea, tan satisfecha de sí misma, que confunde la emancipación con la amputación. El recelo progre hacia la religión, cuando degenera en anticlericalismo reflejo o en desprecio patrimonial, no delata lucidez, sino analfabetismo. El hombre ha sido religioso antes que ideólogo. Y viceversa. No hace falta creer en Dios para comprender que la religión ha organizado la sensibilidad, la belleza, el miedo y el consuelo de la civilización occidental.
Quiero decir que me gustan las procesiones. Me impresionaron de niño. Y me siguen impresionando ahora, aunque la conmoción haya mudado de naturaleza. No comparezco ante ellas como creyente, sino como espectador rendido a una teatralidad total. Porque la Semana Santa posee justamente eso que la modernidad banal ha extraviado, gravedad, ceremonia, sombra, lentitud, misterio. Las cadenas, las antorchas, los tambores de réquiem, el metal herido de las cornetas, la respiración colectiva de la multitud, el vaivén del paso sobre los hombros de los hombres. Todo compone una dramaturgia del sobrecogimiento. No demuestra la existencia de Dios, desde luego, pero sí la necesidad humana de rozarlo.
La Semana Santa no constituye un fósil ni una revancha de las sotanas. Constituye un rito cultural. Un rito cívico, incluso. Una forma de memoria compartida. Una escenificación del dolor y de la esperanza que excede a los devotos y también a los escépticos. Hay en ella patrimonio, música, imaginería, barrio, infancia, comunidad y una pedagogía de la emoción que ninguna vanguardia ha conseguido abolir. Tanto más se seculariza una sociedad, más revelan estos ritos la nostalgia de trascendencia que sigue latiendo bajo la costra de la ironía.
Contaba Oliver Sacks que sus padres eran muy practicantes, pero muy poco creyentes. La fórmula parece una paradoja, aunque describe bastante bien a muchos cristianos sin fe, a muchos herejes sentimentales, a muchos ateos conmovidos. Entre los que me cuento. Porque uno puede abominar de la metafísica y, sin embargo, observar con fervor el escándalo de un paso basculando como un galeón antiguo sobre la marea de los hombres. Hombres exhaustos, vulnerables, mortales, que por unos minutos cargan a su Dios sobre los hombros, acaso para convencerse de que la inmortalidad existe. O acaso para soportar mejor que no exista.






