La reciente guerra comercial iniciada por el expresidente de EE. UU., Donald Trump, buscaba teóricamente la vuelta de las fábricas a territorio estadounidense, especialmente en el llamado «cinturón del óxido.» Sin embargo, la realidad económica se muestra más compleja, siguiendo la lógica del mercado que busca la mayor rentabilidad, o el «agujero» en los muros políticos.
La promesa de «Hacer América grande otra vez» (Make America Great Again), traducida en la imposición de aranceles, no parece estar surtiendo el efecto deseado de relocalización hacia EE. UU. Un ejemplo claro es el reciente cierre de las cuatro naves industriales de la marca textil Wrangler en Coahuila, México, tras 25 años de operación y 3,000 empleados.
Según fuentes, la decisión de la empresa, controlada por el conglomerado Kontoor, se debe a que la producción en la maquila mexicana «ya no es rentable». Este cambio de escenario se produce tras el aumento del salario mínimo en México en un 135% entre 2018 y 2025. Este incremento, impulsado por voluntad política y, paradójicamente, por presiones derivadas de la renegociación del Tratado de Libre Comercio, ha mermado la principal ventaja competitiva de México: el bajo costo laboral.
Mientras los planes de Trump apuntaban al regreso a EE. UU., los análisis económicos señalan que el posible nuevo destino de la producción textil de Wrangler podría ser Bangladesh, conocido como el «paraíso de las maquilas textiles», por sus salarios aún más bajos y la desregulación laboral. Esto subraya que la lógica de la economía globalizada sigue priorizando el costo, por encima de las políticas proteccionistas. La primera guerra comercial de Trump, de 2018, ya demostró un impacto negativo en el empleo, demostrando que la retórica triunfalista no siempre se alinea con los resultados económicos.






