En un experimento social que ha captado la atención de políticos y educadores en Europa, la localidad costera de Greystones, en Irlanda, ha logrado implementar un código voluntario para frenar el uso de dispositivos inteligentes en menores de doce años.
Según relata la autora Sally McGrane, esta iniciativa denominada «Hace falta una aldea» surgió tras detectar un aumento preocupante en los niveles de ansiedad, falta de sueño y exposición a contenidos violentos o inapropiados entre los alumnos de primaria al regresar de los confinamientos por la pandemia.

Rachel Harper, directora de la Escuela Nacional San Patricio de Greystones, ayudó a encabezar el programa “Hace falta una aldea”. ” Este es el mundo en el que crecen los niños y tenemos que equiparlos”, dijo.
La estrategia se basa en la acción conjunta para invalidar el argumento común de los niños de que todos tienen uno. Al lograr que el 70 por ciento de los padres se comprometiera a no comprar teléfonos inteligentes hasta el inicio de la educación secundaria, la presión social sobre los menores ha disminuido significativamente. La propuesta cuenta con el respaldo de directores de escuelas, comerciantes locales que ofrecen sus teléfonos en caso de emergencia y figuras políticas como el actual viceprimer ministro Simon Harris.
A pesar de que los impulsores del proyecto reconocen que es una medida temporal e imperfecta frente al poder de las grandes tecnológicas, los resultados preliminares en Greystones muestran a niños más alertas en clase y con mayor disposición al juego al aire libre. El modelo ya ha inspirado movimientos similares en el Reino Unido y está siendo analizado por miembros del Parlamento Europeo para su posible replicación a mayor escala, bajo la premisa de que las comunidades no son impotentes ante el control de la tecnología en la vida de los jóvenes.






