La resignación ante la lotería genética y el «inexorable» paso del tiempo parece estar en sus últimos coletazos. En el primer cuarto del siglo XXI, estamos siendo testigos de una revolución que nos permite intervenir en nuestro cuerpo para «hackear» los síntomas del envejecimiento, ya sea a través de la modificación del sistema endocrino, la eliminación de arrugas o el fin de la calvicie.
La irrupción de medicamentos como Ozempic, originalmente para la diabetes pero ahora ampliamente utilizado para la pérdida de peso, es un claro ejemplo de cómo la línea entre salud y estética se difumina. Cada vez tenemos más control sobre nuestro físico, aunque este poder está intrínsecamente ligado a la capacidad económica. La cirugía estética se expande, y los avances en la genética prometen un futuro con posibilidades aún mayores.
Esto nos lleva a una pregunta crucial: ¿nos dirigimos hacia un mundo donde la «mejora» del ser humano es la norma? Un futuro donde la posibilidad de modificar nuestro cuerpo para desafiar el envejecimiento y la «imperfección» podría crear una brecha sin precedentes entre aquellos que pueden acceder a estas tecnologías y quienes no. Esta convergencia de salud y estética plantea serias interrogantes sobre la equidad y la posible aparición de una sociedad de humanos «mejorados» y, a su vez, «excluidos».






