El Everest ya no es la cima del planeta, sino la alegoría de la decadencia. Una cola. Un atasco vertical. Una experiencia premium con sherpas, wifi y certificado de superación personal para colgar en Insta. Ya no se conquista la cima del mundo. Se reserva turno. Y se sube. Como quien entra en el Brunch de moda de Chamberí. O como quien acude a la cola de la pescadería: ¿Quién da la vez?
La noticia la leímos esta misma semana y resulta prodigiosa. Doscientas setenta y cuatro personas alcanzaron la cima en un solo día. No es una expedición. Es un festival. Faltan las pulseritas VIP, un DJ en el campamento base y una lona de Red Bull. Y conviene imaginar el paisaje humano. La fila india sobre el hielo. Los plumíferos fosforitos. Los selfies con oxígeno suplementario. La respiración asmática del héroe contemporáneo, que necesita demostrar que ha vivido porque ya no le basta con vivir.
Hemos transformado la aventura en una obligación moral. Si no has escalado una montaña, cruzado el Amazonas o dormido en una cápsula de silencio en Bali, parece que has desperdiciado la existencia. El ocio ya no descansa. Cotiza. Y compite. El viaje dejó de consistir en irse lejos para convertirse en una auditoría de experiencias extremas. Tanto más remoto el destino, más sospechosa la necesidad de exhibirlo. Y viceversa.
El Everest se parece cada vez menos a Reinhold Messner y más a Benidorm. Solo que a ocho mil metros de altura y con riesgo de congelación facial. La épica ha terminado absorbida por el turismo de masas, esa maquinaria que logra vulgarizar hasta el Himalaya. Porque la humanidad posee una capacidad extraordinaria para convertir cualquier maravilla en una fila de espera.
Sucede en Venecia. Sucede en Formentera. Ocurre en Kioto. Y ocurre ahora en el techo del planeta. Uno imaginaba el Everest como el último territorio inaccesible. Un lugar reservado a los locos, a los iluminados, a los hombres capaces de convivir con el miedo y el silencio. Pero el capitalismo emocional todo lo democratiza. También el sufrimiento.
Pagas. Subes. Publicas la foto. Regresas convertido en una mezcla de aventurero y conferenciante motivacional. “El Everest me enseñó quién soy”. “La montaña me cambió la vida”. “No hay cumbre sin sacrificio”. Frases pronunciadas después de una expedición organizada con calefacción, cocinero y cobertura satelital. Edmund Hillary atravesó glaciares. El alpinista contemporáneo atraviesa procesos de coaching.
No deja de haber algo conmovedor en esta obsesión colectiva. Porque detrás del postureo, detrás del exhibicionismo y de la mística de Instagram, aparece una angustia muy moderna. La sensación de que la vida ordinaria ya no basta. Comer con amigos, enamorarse, leer un libro o pasear sin destino parecen actividades insuficientes para justificar una existencia. Necesitamos el sobresalto permanente. La adrenalina certificada. Como si cada ciudadano estuviera obligado a protagonizar su propio documental de Netflix.
Antes uno volvía moreno de Torrevieja. Ahora regresa transformado espiritualmente de Nepal. Y probablemente ahí reside el verdadero vértigo del Everest. No en la altura, sino en la ansiedad contemporánea o en la necesidad enfermiza de convertir cualquier experiencia en contenido viralizable. El alpinista no asciende solo hacia la cima. Asciende hacia la aprobación ajena. Necesita que los demás contemplen la hazaña. Porque el viaje ya no termina cuando concluye el viaje. Empieza cuando se publica.
Hasta las montañas han caído bajo el algoritmo. Resulta fascinante imaginar qué pensaría George Mallory, aquel explorador británico que respondió audazmente -“porque está ahí”- cuando le preguntaron por qué quería subir al Everest. Hoy la respuesta sería distinta. “Porque da muchísimo engagement”.
Y aun así seguimos hablando del Himalaya como si fuera el último santuario de pureza. No lo es. El Everest pertenece ya al mismo ecosistema que los festivales de música, los cruceros, las terrazas de moda y las sesiones de Pilates en una playa de Ibiza. La experiencia extrema se ha industrializado. Incluso la rebeldía viaja con paquete organizado. Lo más extraordinario no consiste en alcanzar la cima. Lo verdaderamente difícil sería encontrar a alguien que ascendiera sin contarlo después.






