Una vez habilitada la violación de Ucrania e impuesto el armisticio a favor de Rusia, cuesta trabajo creer que la Casa Blanca pueda detener la ferocidad expansionista del zar
Produce estupor que Vladímir Putin considere una amenaza contra la madre Rusia el plan defensivo formalizado en Bruselas. Han reaccionado los estados europeos a la alta traición de Trump. Y ha respondido el zar exhibiendo el arsenal nuclear que jalonan las ojivas moscovitas.
Se trata de malograr en su embrión la iniciativa del escudo comunitario, precisamente porque Putin había interpretado que la rendición forzada de Ucrania homologa la injerencia territorial y legitima sus planes expansionistas. Conviene a Rusia una Europa desunida y vulnerable, empezando por los países que el tirano ruso considera un objetivo geoestratégico y geopolítico. Se explica así la psicosis de los estados bálticos y la epifanía militarista que se percibe en los nórdicos.
La incertidumbre emana de la fantasía imperial de Putin. Y de la concepción de una frontera arbitraria cuyos matices amalgaman la rapsodia, la nostalgia, la economía y la posición de influencia sobre Europa. Trump nos ha soltado al doberman. Y nos ha puesto a temblar desentendiéndose de los acuerdos y principios que determinaban la idiosincrasia del eje atlántico en la afinidad hacia la democracia.
La paz impuesta a los ucranianos se ha forzado para liquidar la OTAN y para sabotear el proyecto comunitario. El mundo es para Trump un mercado, de tal manera que la hegemonía económica y el lema de «America is back» relativiza cualquier compromiso con los derechos y deberes elementales. Puede entenderse así la penosa rehabilitación de Putin. Y los avales que Washington ha concedido al zar para legitimar un régimen del terror entre cuyas atrocidades impresiona el exterminio de la oposición, la persecución de las minorías, el amordazamiento de la prensa y el delirio expansionista.
A Trump le conviene el fin del conflicto de Ucrania como un mensaje de serenidad a la economía, pero el reconocimiento explícito a la invasión de Putin y a la nueva realidad fronteriza predispone la inestabilidad. ¿Ha terminado una guerra para empezar otra? ¿Hasta qué extremo puede el presidente americano contener y controlar la ferocidad del colega ruso? ¿Hasta dónde va a emanciparse Putin del paternalismo trumpista?
Tienen sentido las preguntas porque identifican la mentalidad de un criminal. A Putin no se le puede encorsetar en los términos de un aliado instrumental contra Europa, ni se le puede reducir a un artefacto geopolítico que Trump maneja para intimidar las relaciones con China. Una vez liberada la bestia, cuesta trabajo creer que se la pueda reconducir y amaestrar, menos todavía cuando el armisticio de Ucrania otorga toda la razón al país agresor.
«Una vez liberada la bestia, cuesta trabajo creer que se la pueda reconducir y amaestrar»
¿Va a detenerse ahora Putin? ¿Puede detenerlo Trump? El tiempo que la UE necesita para organizar su escudo defensivo juega a favor de la ferocidad del zar. De hecho, la connivencia de la Casa Blanca en la violación de Ucrania socava cualquier noción de la ética y de la responsabilidad. Y lo hace cuando la estrella de Rusia más parecía declinar. No porque estuviera en peligro la idolatría hacia el emperador, sino porque el desenlace adverso de la guerra de Siria, la debilidad del socio iraní y la precariedad de la alianza bolivariana había deslucido la influencia planetaria de Rusia.
Lo demuestra incluso el pacto siniestro de Moscú y Pyongyang. La soldadesca de Corea del Norte comparte las trincheras con los soldados rusos en el frente ucraniano. Necesitaba Putin nuevos recursos para reponerse a la baja del Grupo Wagner. Y para encontrar aliados extremos en respuesta a la situación de progresivo aislamiento internacional.
Trump ha rescatado al dictador de su propia decadencia y le ha concedido la redención con la expectativa de administrar o dosificar su violencia. El problema del mesías estadounidense consiste en subestimar el instinto psicópata del colega ruso ahora que no lleva puesto el bozal. Y no es que Putin se parezca a la estatua de San Vladimir que ha se erigido en el Kremlin a su imagen y semejanza, pero tampoco es una marioneta.