Los presidentes fueron los hombres más poderosos de México, sin importar los medios que hayan empleado para alcanzar la cima, mientras no tuvieron contrapesos efectivos. Carlos Salinas de Gortari fue el último que ejerció el cargo de manera omnímoda. Su gestión estuvo marcada por la sombra del fraude electoral de 1988, el nepotismo, la corrupción y la violencia política. El alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas, uno de los estados más pobres, despertó al país del sueño primermundista fabricado por la tecnocracia salinista.
Los asesinatos del candidato presidencial, Luis Donaldo Colosio, y del secretario general del PRI, José Francisco Ruiz Massieu, fueron el corolario del Gobierno que sacrificó en los altares del neoliberalismo las últimas instituciones creadas por la Revolución. En ese ámbito, la reforma al artículo 27 de la Constitución acabó con la propiedad social, representada por el ejido, y abrió la puerta a nuevas formas de latifundismo. El campo se despobló, la emigración a Estados Unidos aumentó y en las ciudades surgieron nuevos cinturones de miseria.
El escenario cambió en la segunda parte de la administración de Ernesto Zedillo. Cuando el PRI perdió en 1996 la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, lo cual jamás había ocurrido, nuevos vientos empezaron a soplar y a erosionar los muros de la presidencia. El deterioro continuó con los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón, quienes también encabezaron Gobiernos divididos; sin embargo, fue con Enrique Peña cuando la investidura registró sus cotas más bajas.
El paso de Peña por la gubernatura de Estado de México, donde protegió la corrupción de su tío y predecesor, Arturo Montiel, y reprimió a los campesinos de San Salvador Atenco que se oponían a la construcción del aeropuerto de Texcoco, prefiguró su presidencia. El sexenio peñista fue el más corto en términos políticos. El escándalo de la Casa Blanca, la desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa y la fuga del «Chapo» Guzmán reventaron la pompa de la arrogancia y la fatuidad. La cereza del pastel fue la visita de Donald Trump a Los Pinos antes de ganar la presidencia de Estados Unidos.
Al igual que López Portillo, Peña pagó para que la mayoría de los medios no le pagaran, pero las circunstancias y su falta de liderazgo lo rebasaron. En ese contexto, el presidente cedió desde un principio a la presión social. Apenas iniciar su Gobierno, despidió a Manuel Benítez Treviño como titular de la Procuraduría Federal de la Defensa del Consumidor (Profeco). Político
respetado y de larga trayectoria, Benítez pagó por un error ajeno: inspectores de la Profeco clausuraron en abril de 2013 el restaurante Máximo Bistrot de Ciudad de México, a solicitud de su hija, por no asignarle la mesa que deseaba.
El presidente también se vio forzado a retirar de la Secretaría de Hacienda a su alter ego, Luis Videgaray, por la imprudente invitación a Trump, acto que agravió a los mexicanos por insultar a los migrantes y sus desplantes contra el país. Peña tomó al final el mismo camino que Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo y Felipe Calderón: se exilió del país para no exponerse al encono social. Todos ellos, en mayor o menor medida, contribuyeron a la caída del PRI y del PAN y al triunfo de Morena.






