La Navidad ya no llega: irrumpe, embiste, se infiltra. Y lo hace cada año con mayor insolencia, como una plaga colorista que no entiende de estaciones ni de pudor. Hubo un tiempo remoto, casi legendario, en el que diciembre marcaba un comienzo. Ahora es una frontera abolida. La campaña de la Lotería empieza en junio, cuando el sol todavía castiga y los bañistas hacen cola en las heladerías. Y mientras uno intenta sobrevivir al bochorno, aparece un tendero diligente que te ofrece el primer décimo “por si toca”. Un anticipo de la euforia programada que se nos viene encima.Las ciudades decidieron hace años renunciar a la lógica estacional. Encienden las luces en noviembre, en octubre y, si las eléctricas y los alcaldes se descuidan, acabarán haciéndolo en septiembre. Será un milagro energético. Un espectáculo de luminotecnia prematura cuyo propósito verdadero es someter al contribuyente a un ensayo general de felicidad obligatoria. Porque lo que buscan es que todos entremos en el carril festivo sin rechistar. Que nos rindamos. Que dejemos de protestar y adoptemos ese optimismo tan artificial como los renos de plástico que se multiplican en los balcones.Para los escépticos, para los descreídos, para quienes vivimos la Navidad con la resignación del viajero que pierde el tren, este adelanto obsceno es un tormento añadido. Una penitencia luminosa que empieza cuando aún conservábamos la esperanza de postergar lo inevitable. Pero no. Las instituciones, las marcas, los comercios y los generadores profesionales de ambiente deciden por nosotros. Determinan que la Navidad empieza cuando a ellos les conviene. Es un calendario paralelo, diseñado con el algoritmo de la rentabilidad y el sentimentalismo digestivo.
En el fondo, todo este adelanto tiene algo de parodia. De simulacro. De carnaval piadoso. Porque nos venden la anticipación como si fuera tradición, como si existiera un mandato ancestral que ordenase adelantar villancicos y guirnaldas con la misma solemnidad con la que se anuncia un eclipse. Y lo peor es que triunfa. El consumidor suspira, cede, se contagia. Se deja envolver por las luces, por el reclamo omnipresente, por la promesa de que este año, sí, la Navidad será distinta. Y mejor. Y memorable. Otra fantasía industrial.La hipocresía festiva alcanza en estas fechas una intensidad casi litúrgica. Se nos exige ternura, alegría, generosidad… como si fueran ejercicios obligatorios. Y se reprende a quien no participa del rito. El escéptico, el disidente, queda convertido en un hereje social. En una figura incómoda. En un enemigo del espíritu navideño, que no es espíritu sino propaganda sentimental. Una catequesis colectiva donde cada uno debe representar el papel que se le asigna: el anfitrión perfecto, el hijo devoto, el amigo efusivo, el vecino decorativo. Todos integrados en la coreografía de la falsa armonía.Las luces tempranas son la antesala del gran espectáculo. Un ensayo de uniformidad. Y es ahí donde surge la verdadera molestia: en la imposición de un clima emocional que ya no pertenece al calendario natural, sino al calendario comercial. Se disfraza de inocencia, pero es cálculo. Se presenta como tradición, pero es rutina consumista. Y se perpetúa porque nadie se atreve a decir lo obvio: que nos están robando el invierno, que nos están expulsando de la liturgia de la espera, que nos quieren ciudadanos sin estaciones.
Quizá habría que reivindicar el noviembre oscuro. El noviembre sin renos. El noviembre silencioso. O, al menos, la libertad de vivirlo sin la presión del entusiasmo programado. La Navidad debería ser un territorio acotado. Un regulado espacio de excesos, nostalgias y cenas interminables… no una maratón emocional que empieza en junio y termina cuando ya nadie distingue entre la resaca y la rutina.Es inútil hacerse ilusiones. La invasión seguirá avanzando. Las luces seguirán encendiéndose antes. Y nosotros, los descreídos, seguiremos soportando la liturgia del júbilo obligatorio con el estoicismo del condenado que ya conoce la sentencia.






