Omar García Harfuch lidera una de las ofensivas más agresivas en años contra los poderosos grupos criminales de México. Muchos de sus antecesores han fracasado.
El reportaje de Jack Nicas para The New York Times analiza la figura de Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana de México, como el eje central de una estrategia que busca desmantelar la estructura del crimen organizado mediante un enfoque de inteligencia y confrontación directa. Los autores del texto exponen cómo Harfuch, tras sobrevivir a un atentado directo en 2020, ha consolidado un poder inédito en la gestión de la seguridad nacional, convirtiéndose en el «zar» de una ofensiva que se distancia de la política de su predecesor para enfocarse en golpear tanto las bases como las cúpulas de los cárteles.
El trabajo periodístico destaca un incremento sustancial en la operatividad del Estado. Según los datos presentados, el gobierno actual ha aumentado drásticamente el ritmo de arrestos por delitos violentos, la incautación de armamento y la destrucción de laboratorios de narcóticos en comparación con la administración previa. Este dinamismo ha tenido un impacto estadístico visible, con una reducción reportada en los homicidios y robos con violencia, alcanzando niveles no vistos en una década. No obstante, el reportaje equilibra estas cifras con una realidad persistente: la percepción de inseguridad ciudadana ha aumentado y delitos como la extorsión, el secuestro y las desapariciones muestran una tendencia al alza, lo que sugiere que el control territorial de los grupos criminales sigue siendo un desafío mayúsculo.
Los autores subrayan la importancia de la relación bilateral con Estados Unidos. Harfuch se presenta como un interlocutor técnico y confiable que ha logrado revitalizar el intercambio de inteligencia, permitiendo incluso vuelos de vigilancia estadounidenses bajo petición mexicana. Esta cooperación ha servido para calmar las tensiones con Washington, alejando, al menos temporalmente, las amenazas de intervenciones unilaterales por parte de la administración de Donald Trump. Harfuch insiste en que México posee la capacidad operativa necesaria y que solo requiere de información estratégica para ejecutar sus operativos con precisión.
El texto también explora las sombras de esta guerra. A pesar del éxito en fragmentar organizaciones como el Cártel de Sinaloa, los autores advierten que este vacío de poder ha permitido la expansión del Cártel Jalisco Nueva Generación, evidenciando una dinámica de «vasos comunicantes» donde el debilitamiento de un grupo fortalece inevitablemente a su rival. Incidentes recientes, como el asesinato de un alcalde y el uso de coches bomba, sirven como recordatorio de que la violencia extrema sigue siendo un mecanismo de resistencia del crimen organizado.
Finalmente, el reportaje plantea la interrogante de si la voluntad política y la disciplina técnica de un solo hombre pueden revertir un problema que ha superado históricamente las capacidades institucionales del país. Mientras Harfuch proyecta una imagen de dedicación absoluta y control técnico, las víctimas y los analistas consultados por los autores mantienen una postura escéptica, señalando que la riqueza y el armamento de los cárteles están profundamente enraizados en el sistema político y social de México, lo que hace que la victoria final sea una meta todavía incierta.






