La corrupción no desaparecerá con discursos, decretos ni con las arengas de un caudillo. La venalidad ha existido siempre y en todas partes. Basta repasar la clasificación anual de Transparencia Internacional (TI). El virus infecta no solo al Gobierno, sino también a las empresas, la banca, la medicina y la prensa, más cuando esta cae en manos de políticos y mercachifles. La enfermedad acompañará a la humanidad hasta el final por ser parte de su condición. En los países más democráticos y desarrollados del mundo (Dinamarca, Finlandia, Singapur, Nueva Zelanda…, y ni que decir tiene en Estados Unidos) se manifiesta en grados menores. Es en las sociedades con democracias frágiles, simuladas y poco participativas donde alcanza los niveles más graves.
México ocupaba en 2018 el lugar 138 en el índice de TI, situación que para el presidente Andrés Manuel López Obrador era motivo de vergüenza. Cuando su Gobierno terminó, el país ya se encontraba en la posición 140. Estados Unidos, en el mismo periodo, bajó seis puestos (del 22 al 28). Si la corrupción fue una de las razones por las cuales el electorado le dio la espalda a Peña Nieto a su partido, quizá esta para siempre, ¿por qué no ocurrió lo mismo en 2024? La votación de Morena no solo no cayó, aumentó 10% con respecto al proceso anterior. La venalidad en el Gobierno peñista fue escandalosa y generalizada. El mismo indicador de TI lo advierte: en 2012 México se ubicaba en el lugar 105, de entre 176 países, y finalizó en el 138, un retroceso de ¡33 sitios!
AMLO basó su campaña presidencial en tres ejes: disminuir la pobreza, pacificar al país y erradicar la corrupción. El primero se cumplió con creces, pues durante su Gobierno 13.4 millones de mexicanos salieron de la estrechez, pero el avance en los otros fue apenas perceptible (los homicidios dolosos empezaron a bajar y prevaleció la impunidad en la mayoría de los casos), debido en gran parte a un sistema judicial diseñado no para castigar el delito, sino para estimularlo e incluso para premiar a los peces gordos. La estructura de la administración pública federal data de las últimas décadas. El 90% o más del personal proviene de cuando el PRI y el PAN gobernaron el país. En cada sexenio se renuevan los mandos superiores y no siempre se alcanzan a cubrir los de nivel medio en su totalidad.
El quid es la percepción y la congruencia. López Obrador cerró su presidencia con una aprobación del 77% y un rechazo del 23% (Enkoll-El País-W Radio). El problema toral del país, para los encuestados, es la inseguridad (44%); y el
segundo, la corrupción (18%, dos puntos porcentuales más con respecto al primer año de Gobierno, los mismos lugares que descendió en la tabla de TI). Una de las principales características de AMLO es la austeridad. Peña Nieto concluyó con una desaprobación del 74% y un saldo negativo en honradez del 5.1%. En 2012 era del 29.4% (Mitofsky).
Como nueva cabeza de la 4T, corresponde a la presidenta Sheinbaum ofrecer resultados donde AMLO no los brindó. La estrategia de seguridad dispone ahora del entramado institucional para plantar cara a la delincuencia organizada. Pero sin las masacres de la guerra de Felipe Calderón contra el narco, continuada por Peña Nieto. Con el mismo método y rigor se debe combatir la corrupción en el Gobierno federal y en los estados para evitar casos como el moreirazo, en Coahuila, y «La Barredora», en Tabasco. Todo bajo el principio de «cero impunidad» esbozado por la presidenta.






