En su columna «Nosotros los buitres», Juan Ignacio Zavala aborda la reciente calificación que la presidenta Claudia Sheinbaum dio a sus críticos y opositores, tildándolos de «buitres» o «carroñeros» que «vuelan en círculos» en busca de errores gubernamentales. El autor asume la etiqueta y defiende el papel de la crítica, señalando la ironía de que la propia Sheinbaum y el expresidente López Obrador hicieron exactamente lo mismo durante dos décadas, alimentándose de las fallas de gobiernos anteriores para construir su base política.
Zavala argumenta que el uso de este adjetivo por parte de la presidenta, en lo que describe como uno de sus «cada vez más frecuentes arranques de furia,» revela una confusión del verdadero enemigo y una creciente desesperación por el control de la narrativa pública, especialmente en un contexto de crisis de inseguridad. Criticar a sus adversarios, o a quienes «cometen el pecado de pensar distinto,» es una estrategia desgastada que busca «culpar a un pasado cada vez más lejano» de los problemas actuales.
El columnista enfatiza que la ciudadanía no necesita que le cuenten sobre la inseguridad, sino que la «siente,» y este es el factor que realmente preocupa a la administración.
El punto central de la crítica de Zavala reside en la disparidad de lenguaje que la presidenta utiliza para referirse a sus críticos y a los criminales. Mientras que los adversarios políticos son tildados de «buitres» y «carroñeros,» a los responsables de la violencia solo se les denomina «delincuentes.» Zavala lamenta la ausencia de calificativos más fuertes, como «asesinos, sociópatas, gente perversa, monstruos,» para quienes extorsionan, torturan y asesinan, como sucede, por ejemplo, en Michoacán.
El autor subraya que la verdadera amenaza para el país no es la «derecha» o los «conservadores» que supuestamente buscan boicotear el avance nacional, sino el crimen organizado. Son ellos quienes «jalan el gatillo,» asesinan presidentes municipales y «ponen en jaque al Estado,» no los que «escriben en un periódico.»
Finalmente, Zavala cuestiona la respuesta de la presidenta ante la violencia. Si bien nadie quiere el regreso de la «guerra de Calderón,» la pregunta pendiente es: ¿cuál es la «guerra de Claudia»? El autor concluye que al hablar de «pacificar» estados como Michoacán, la propia administración reconoce estar en un conflicto armado, y sería más productivo que la presidenta se enfocara en sus enemigos reales, los criminales, en lugar de sus críticos. La «buitriza,» dice, seguirá esperando la «carroña» de la «descomposición» del gobierno.






