Casi una década después de su muerte, el ícono musical mexicano Juan Gabriel, conocido popularmente como «El Divo de Juárez» o «Juanga,» demostró que su legado sigue vigente y es capaz de convocar a multitudes históricas. La noche del sábado 9 de noviembre de 2025, más de 170,000 admiradores se congregaron en el Zócalo de Ciudad de México para presenciar la proyección del histórico concierto que el artista ofreció en el venerado Palacio de Bellas Artes en 1990.
La asistencia, confirmada por autoridades, superó la convocatoria de muchos artistas vivos y reflejó la profunda conexión que el cantautor mantiene con el público. Muchos asistentes viajaron desde lugares lejanos como Veracruz o Michoacán, o desde barrios de la capital, algunos expresando que la proyección era «el sueño de los que no pudimos verlo en persona» debido a la falta de recursos en el pasado.
La proyección en la plaza principal de México coincidió con el lanzamiento de la serie documental de Netflix, Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero, que profundiza en la vida del artista, desde su infancia de pobreza y anonimato en Ciudad Juárez hasta su ascenso al estrellato global. La directora de la serie, María José Cuevas, destacó que sus canciones, como la autobiográfica “No tengo dinero” (un éxito de 1971), se han convertido en «himnos» para los mexicanos que comparten las penurias.
Más allá de su prolífica música, el artículo resalta la importancia de Juan Gabriel como una figura transgresora que desafió las nociones de masculinidad en un México machista y conservador de las décadas de 1970 y 1980. Aunque nunca abordó abiertamente su sexualidad, su respuesta icónica a un entrevistador —»Dicen que lo que se ve no se pregunta, mijo»— se convirtió en un acto de liberación cultural. Fanáticos como Alan Cruz, un funcionario público, señalan que su aceptación por parte de la sociedad «cambió la cultura» y la música mexicana.
El evento en el Zócalo sirvió como una celebración del momento en 1990 en que Juan Gabriel, a pesar de las críticas de la «alta cultura» de la época, conquistó el Palacio de Bellas Artes, un escenario tradicionalmente reservado para la ópera y las sinfónicas. Al final del concierto proyectado, la multitud estalló en lágrimas cuando sonó “Amor Eterno”, la balada que compuso para su madre y que se ha convertido en una pieza fundamental en el rito del duelo mexicano, demostrando que, para sus devotos, lo que importaba era el mensaje de amor y trascendencia que transmitía su música.






