La ecuación del desarrollo es clara: el crecimiento económico es el motor del progreso social, y el empleo de calidad es el catalizador de la prosperidad compartida. En ese sentido, los datos recientes sobre la creación de empleo formal son una señal de alarma. El ritmo de generación de puestos registrados ante el IMSS entre enero y agosto de 2025 (a un año del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum) ha sido el más bajo desde 2003, con la única excepción de los años de crisis severa (2009 y 2020). Esto para los empresarios refleja una inquietante incertidumbre económica que frena la expansión productiva.
Ante este panorama, la solución no es un secreto: inversión productiva, también de ellos. La propuesta de impulsar infraestructura estratégica, particularmente en el sector energético bajo la rectoría de la SENER y la CFE, junto con una robusta inyección de inversión pública, es acertada para detonar la actividad y generar el empleo de calidad que tanto se necesita.
Sin embargo, en este contexto de desaceleración y búsqueda de soluciones, es justo exhibir una dualidad preocupante:
Por un lado, el país enfrenta un desafío real en la generación de empleo, que requiere una acción decisiva del gobierno en la creación de certidumbre. Por el otro, observamos una actitud de crítica pasiva por parte de un sector del empresariado que exige resultados y apoyos, pero se muestra reacio a “mover ficha”.
La presidenta Sheinbaum, con su enfoque en el bienestar de todos los mexicanos, podría plantear la necesidad de que la responsabilidad sea mutua. El gobierno tiene la obligación de trabajar sin descanso para construir la certidumbre económica que se menciona; pero a su vez, el sector empresarial debe responder con la inversión privada necesaria. No se trata de una relación unidireccional. La prosperidad compartida exige que todos se muevan al mismo tiempo: la presidencia eliminando barreras y el capital privado arriesgando e invirtiendo.
Es momento de que los líderes empresariales recuerden que su prosperidad está intrínsecamente ligada al bienestar de su entorno. Históricamente, algunos sectores empresariales han priorizado el bienestar de sus empresas y sus balances financieros, dejando de lado la salud de las comunidades donde operan. México necesita un empresariado con visión social, dispuesto a invertir a largo plazo, a generar empleos dignos y a participar activamente en la construcción de infraestructura estratégica. La incertidumbre se combate con acción, no con quejas. La mesa está puesta, pero el banquete del progreso solo será servido si todos, gobierno e iniciativa privada, ponen de su parte. El momento de la inacción debe terminar.






