México se sitúa a la cabeza de los países con la jornada laboral más extensa, registrando un promedio alarmante de 2,193 horas trabajadas al año por empleado, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Esta cifra supera significativamente a otras naciones, incluso dentro de la región, como Costa Rica y Chile, que le siguen con 2,149 y 1,919 horas, respectivamente.
Este patrón laboral tan demandante se traduce en que más del 25% de la fuerza laboral mexicana supera las 48 horas semanales, un nivel que contrasta drásticamente con los estándares de equilibrio entre vida personal y profesional promovidos en muchas economías desarrolladas. La implicación directa es un detrimento en la calidad de vida de los trabajadores, quienes experimentan una reducción considerable en el tiempo disponible para el descanso, la familia, el ocio y el autocuidado.
Las consecuencias de estas extensas jornadas van más allá del cansancio; impactan negativamente en la salud física y mental, aumentan los niveles de estrés y burnout, y pueden incluso mermar la productividad a largo plazo. Este escenario subraya la urgente necesidad de repensar las políticas laborales y empresariales en México, buscando un modelo que priorice el bienestar del empleado sin sacrificar la eficiencia económica, promoviendo un balance que beneficie tanto a las personas como al desarrollo sostenible del país.






