Alí Jamenei, líder supremo de Irán, no muere porque no vive del todo. Flota. Se desliza. Habita un limbo entre lo terrenal y lo mesiánico, como esos santones que se alimentan de incienso y de conspiraciones. No gobierna: pontifica. No lidera: trasciende. Y en esa condición espectral reside su poder, su inmunidad, su perpetuidad. Lo saben sus fieles, lo sufren sus enemigos y lo sueña —con saña y obsesión bíblica— Benjamín Netanyahu, que no quiere derrotarlo. Quiere matarlo.
Jamenei es el blanco invisible de una guerra sin fecha y sin fin. El tótem de un Irán nuclear, de un Islam intransigente, de una teocracia que incomoda porque no se disculpa. Es el último guardián del fuego, el heredero de Jomeini, el espectro que se pasea entre centrifugadoras y turbantes mientras los drones israelíes merodean como moscas suicidas. Netanyahu le atribuye cada misil, cada milicia, cada mártir. Y no se equivoca. Pero tampoco acierta.
Porque Jamenei no dispara. Inspira. No grita. Murmura. No aparece. Se insinúa. Su cuerpo enclenque, envuelto en una mortaja negra, parece un anticipo del féretro que nunca llega. Lo han dado por muerto tantas veces que la muerte ha desistido. Y sin embargo, Netanyahu insiste. Como si matarlo fuera un exorcismo geopolítico, como si su desaparición bastara para extirpar el odio, el uranio y Hezbolá.
Pero Jamenei es más eficaz muerto en vida que muchos vivos al mando. Es un símbolo, un mártir aplazado, una amenaza que no se disuelve con un misil. Porque lo que asusta de él no es que respire. Es que perdura.






