En un mundo dominado por la tecnología y la inteligencia artificial, Ernesto Pérez Zúñiga nos invita a reflexionar sobre la necesidad de poner a la Tierra en el centro de nuestra conciencia. El geohumanismo, una nueva visión que nos invita a reconocer nuestra conexión intrínseca con el planeta, se presenta como una alternativa urgente para construir un futuro más sostenible y armonioso.
La urgencia de un nuevo Renacimiento: del antropocentrismo al geohumanismo.
El humanismo renacentista fue un movimiento intelectual que buscaba comprender al ser humano en profundidad para que las personas desarrollaran lo mejor de sí mismos como integrantes de una comunidad. Los humanistas se inspiraron en la obra de los clásicos y dedicaron su vida al conocimiento, poniéndolo al servicio de la libertad y la justicia.
Juan Luis Vives, un destacado humanista, dirigió una carta al Senado de Brujas en 1526 para dedicarle su tratado «El socorro de los pobres». En ella, Vives destaca la importancia de la solidaridad y la ayuda mutua, señalando que «la ley de la naturaleza no consciente de que nada humano sea ajeno al hombre».
El Renacimiento situó la unidad esencial de los seres humanos en el centro de la conciencia, como una preocupación ética que ha fundamentado la democracia europea. Sin embargo, esta visión antropocéntrica tuvo una contrapartida: desconectar al ser humano de la Tierra a la que pertenece.
Esta desconexión ha llevado a un progresivo aislamiento mental y físico del ser humano respecto a la naturaleza, lo que ha producido un inmenso florecer en las artes, la industria y el pensamiento, pero también ha generado una explotación desmedida del planeta.
La concentración humana en enormes ciudades ha usurpado el espacio a la naturaleza, y nuestra civilización ha extraído mucho más de lo que necesitaba, construyendo un planeta que hemos exprimido sin correspondencia alguna.
Las consecuencias de todo ello son evidentes: contaminación de los océanos, envenenamiento de los alimentos, desertificación progresiva, sequía, destrucción y extinción masiva de especies.
El cambio climático nos ha alertado de cuán permeables somos a los efectos de nuestra desconexión de la naturaleza. Sin embargo, nuestra respuesta ha sido confinar al ser humano en un territorio aún más alienante: el digital.
La inteligencia artificial, una fuerza de sustitución, puede borrar cualquier rastro de humanismo y proyectar un futuro robótico que aumentará la extracción de recursos naturales para alimentar sus componentes.
Desde los centros urbanos se gobierna, se definen las leyes y el pensamiento, y se proyecta una realidad que se pretende universal sin serlo. Esta realidad urbana y digitalizada ignora las culturas ancestrales que viven al ritmo de la naturaleza y de las que tanto nos queda por aprender.
Las políticas ecologistas, aunque necesarias, a menudo chocan con los intereses de la gente que trabaja y vive en el campo, lo que genera un divorcio entre el mundo urbano y el rural.
Es urgente cambiar nuestro punto de vista para afrontar los retos climáticos y prevenir el fin del humanismo en aras de la inteligencia artificial. Para ello, es necesario poner a la Tierra en el centro de nuestra conciencia, ampliando nuestra solidaridad con los animales, los bosques, el agua, el aire y los minerales.
El geohumanismo propone que nada de la naturaleza nos resulta ajeno, y que nuestro desarrollo es imposible sin escuchar la sabiduría de la Tierra. Nuestra misión no es dominar y explotar el mundo, sino respetarlo, comprenderlo y vivir en él con armonía.
La esperanza del geohumanismo puede dar lugar a un nuevo Renacimiento, donde la conciencia de nuestra conexión con la naturaleza sea el motor de un futuro más sostenible y armonioso.