El reconocido escritor Jaime Torres Mendoza dedica su reciente colaboración en el bisemanario «Espacio 4» al torneo recién clausurado en Nueva York. El maestro tiene la palabra.
«José Ortega y Gasset calificaba el libro de Johan Huizinga, Homo ludens, como “egregio”, es decir, libro de gran mérito, excepcional, destacado. Y lo es, en efecto. Esta obra del eminente historiador holandés reconstruye las formas de vida y las pautas culturales del pasado. Sus estudios son hoy imprescindibles para la comprensión de las sociedades que nos antecedieron y, por tanto, también para aquilatar la actualidad de las sociedades contemporáneas.
»Pero hoy viene a colación, tanto el autor como su obra, porque en alguna parte de este libro, el autor reconstruye con extraordinaria maestría las formas de vida y las pautas de cultura que definen a las sociedades del pasado a partir del juego. Y juego es lo que constituye el mundial de FIFA 2026 y que está en curso en México, y otros dos países, mientras escribo este artículo.
»El fútbol no es un deporte que me apasione; no me gusta y tengo, como diría el prócer de Macuspana, otros datos respecto de su significación en la vida de la sociedad contemporánea, aunque, por supuesto, respeto la predilección de esa actividad deportiva de los muchos que la tienen como favorita. Me inclino por la postura que Johan Huizinga sostiene en torno al juego: algo lúdico, enriquecedor del desarrollo humano. Y el fútbol, como se concibe hoy, me parece que está lejos de esa concepción.
»A ese deporte lo veo no como un componente esencial del desarrollo del hombre, tal y como sería lo normal en la propuesta del escritor holandés, sino como un comercio despiadado, a veces vil, que genera tanta riqueza como el tráfico de droga o la producción de armas en perjuicio de muchos. Y todo queda impune.
»Según Huizinga, el siglo XX perdió el componente lúdico como parte esencial del desarrollo humano. Lo hizo cuando apareció el deporte organizado. La primera señal fue hacer una distinción entre los jugadores: profesionales y aficionados. Los profesionales son aquellos para los que el juego ha dejado de serlo. Se ha perdido la espontaneidad y lo que importa es ganar. En el capitalismo salvaje de hoy esto se traduce en ganancias económicas para alguien a quien nunca vemos pero que está distribuido en empresas cerveceras, compañías de propaganda y publicidad, organizaciones deportivas, televisoras, instituciones gubernamentales, y un largo etcétera de
la más diversa condición. Podría anticiparse el resultado, según convenga a regiones económicas o políticas, inclusive.
»En palabras de Huizinga, el deporte se va alejando cada vez más en la sociedad moderna de la pura esfera del juego, y se va convirtiendo en un elemento sui generis: ya no es juego sino una manifestación autónoma de instintos que no consigue dar sentido fecundo a lo social. Es el efecto de una demostración de masas que no consigue convertirse en una actividad creadora de cultura. Por mucha importancia que revista el mundial de fútbol, tanto para los participantes como para los espectadores, es una actividad estéril en la que se ha extinguido el viejo factor lúdico, el factor de juego que enriquece al individuo y a la colectividad.
»Por más que la euforia y el ruido prevalezcan por estos días, me resisto a creer que once jugadores en una cancha de fútbol sean la representación de un país. Una nación tiene que ver con muchas otras cosas que están fuera de la cancha; el color, por ejemplo. Pablo Neruda decía que el verdadero color de México está en sus mercados y no se refería solo al rojo de la sandía y el jitomate, al amarillo de los plátanos, al verde de las manzanas y las lechugas, al blanco de las cebollas o el sol anaranjado de las naranjas y mandarinas, sino a los diversos timbres de voces, giros de lenguaje, tonalidades del habla en su diversidad y que están reunidos en la plurisignificaciónn del mercado.
»Un país tiene que ver con las identidades. Y aunque se puede uno identificar con héroes (jugadores en este caso), con agrupaciones, con colectividades, la identidad más sana es aquella que busca la cohesión de ciertos valores que identifican a un sujeto, a una región, y por los cuales un individuo, una colectividad, adquieren un rostro propio, inconfundible con otro porque es único. Y precisamente porque es único puede respetar y comprender el otro rostro que no es el suyo.
»Cuando líneas arriba hablaba de impunidad no me refería solo que en el mundial de fútbol lo dicho en los dos párrafos anteriores queda anulado. Me refiero también a algo más concreto, como la muerte de por lo menos cuatro mexicanos ocurrida en el desenfreno irresponsable de una masa que no sabe de reglas ni límites. Los heridos se cuentan por multitudes.
»¿Qué necesidad había de que se perdieran cuatro vidas? Si las autoridades de gobierno hubieran cumplido con su deber activando protocolos de protección civil, ejerciendo su función de autoridad y si se hubieran puesto en marcha medidas de prevención, seguramente no habría ocurrido nada trágico.
Previo a la inauguración de este evento, la CNTE se plantó en el centro histórico de la Ciudad de México provocando desórdenes, daños a los
comercios establecidos, así como a los monumentos históricos del entorno. También causaron pérdidas millonarias a los negocios ahí instalados. Todo mundo se quejó. Pero se fue la CNTE y el desorden con que se vivió la alegría de un triunfo, causó los mismos daños. Silencio.
»Mis otros datos me llevan a concluir, perdone mi tono de aguafiestas, que, a la estructura gubernamental del país, desde la presidenta, los gobernadores y los alcaldes, les cayó como anillo al dedo el evento deportivo. Les dio una tregua para desconectar a una masa de actores pasivos de los problemas esenciales de este país.
»Mientras la selección mexicana le dio continuidad al mundial, se dejaron de lado las desapariciones en el país, cuya cifra apocalíptica alcanza ya la cantidad de 134 mil. Quedará fuera de abordamiento el caso de los narco políticos y la narcopolítica que se practica en México. Naturalmente no se hablará de educación ni de economía. Los cárteles pasaron casi a un segundo plano con los goles del naturalizado Quiñones.
»Los defensores de la cruzada mundialista pensarán que el fútbol es una cruzada liberadora de las presiones a las que se ve sometido un ciudadano común. Lo harán así, pero dejarán de lado el perfil crítico de la situación global que ha creado las condiciones y las contradicciones de un evento deportivo que atiende en el trasfondo solo a los intereses de los que ganan. Y los gobiernos, como el México, lo saben muy bien. Y lo aplauden. Pero yo tengo otros datos».






