La Laguna se caracterizó en otro tiempo por su autonomía frente al poder central y la defensa de sus intereses. Sin embargo, en las últimas décadas perdió influencia. Los líderes políticos y sociales que infundían respeto ya no existen. El relevo generacional diluyó esa potencia. Las élites ahora son aliadas del Gobierno, inciden en algunas decisiones y en los actos oficiales ocupan las primeras filas. Los sectores históricos del PRI —obrero, campesino y popular— perdieron representación en el Congreso local y en los ayuntamientos. A escala federal, Morena separó el poder político del económico y lo mismo empieza a suceder en los 24 estados que gobierna. Poner a los pobres en el centro de la 4T convirtió a Andrés Manuel López Obrador en el principal líder de México; y a Claudia Sheinbaum, en la presidenta más votada.
La relación de los gobernadores con La Laguna tuvo momentos críticos. En la década de los 70 y los 80, sus prolongadas ausencias y constantes intromisiones separaron aún más a la comarca de la capital. La tensión entre autoridades y el malestar social era inocultable. En 1972, la candidatura para la alcaldía de Torreón se la disputaron Mariano López Mercado (favorito del gobernador Eulalio Gutiérrez Treviño) y Braulio Manuel Fernández Aguirre; ambos hijos de exgobernadores. La pugna provocó la intervención del Comité Ejecutivo Nacional del PRI. Su líder, Jesús Reyes Heroles, viajó a La Laguna para emitir su fallo inapelable: «No más juniorismo». El ungido fue un maestro de origen humilde, José Solís Amaro.
Abandonado por el Gobierno del Estado, aislado por el PRI, acosado por el Congreso y sujeto a presiones financieras, políticas y campañas mediáticas, Solís Amaro halló su tabla de salvación en los organismos empresariales, entonces comprometidos con su ciudad. La administración transcurrió entre intrigas y tormentas. «Ya basta de tirarle al negro», dijo Solís, agobiado, en una rueda de prensa. Le sucedió Francisco José Madero, nombrado por Los Pinos. El gobernador Óscar Flores Tapia acató la decisión presidencial, pero maniató a Madero con una instancia intermedia, contraria a la Constitución: el Polo de Desarrollo.
José de las Fuentes también vivió un infierno en la efervescente Comarca Lagunera. Para afrontar la oposición, el vacío de los medios de comunicación y conflictos de toda índole, confió la operación política a los alcaldes Braulio Manuel Fernández Aguirre y Manlio Gómez Uranga. El primero provocó celos en la capital. Décadas atrás, el Congreso había removido a su padre homónimo de la presidencia de Torreón por discrepancias con el gobernador Ignacio Cepeda Dávila. El gobernador De las Fuentes desactivó la trama, pero Fernández debió sacrificar algunas piezas de su tablero, entre ellas al secretario del Ayuntamiento, Simón Vargas.
De las Fuentes tenía cosas más importantes en qué pensar, como su propia supervivencia política. El ambiente del Gobierno estatal en el entorno del presidente Miguel de la Madrid no era el más propicio. El favorito del centro en la sucesión de 1981 para la gubernatura no era él, sino el subsecretario de la Defensa Nacional, Juan Antonio de la Fuente Rodríguez. Al quedar fuera de la carrera por un accidente aéreo donde perdió la vida, el presidente López Portillo se decantó por De las Fuentes, su compañero de generación en la UNAM. La guillotina cortó otra cabeza: la de Gracialiano Alpuche, gobernador de Yucatán.






