La reciente visita del Mayor de Austin a nuestra ciudad abre una puerta que no debemos dejar cerrar: la oportunidad de profesionalizar de una vez por todas la seguridad vial en La Ciudad. Mientras los lazos de cooperación se estrechan en seguridad pública, es necesario que La Ciudad ponga sobre la mesa la crisis que vivimos frente al volante.
El problema es evidente y diario. Nuestras calles se han convertido en escenarios de colisiones constantes, algunas de ellas fatales. La causa no es solo mecánica; es de educación y control.
En Coahuila, obtener una licencia de conducir es hoy poco más que un trámite administrativo, cuando debería ser un certificado de competencia técnica y responsabilidad civil.
Basta observar cualquier crucero para notar la impunidad. El uso del celular mientras se conduce y el exceso de velocidad son la norma, no la excepción. Los conductores operan con la confianza de que la supervisión de las autoridades de tránsito es escasa y flexible o, en el peor de los casos, inexistente.
No hay consecuencias reales para quienes ignoran el reglamento.
En Texas, el proceso para obtener un permiso de conducir es riguroso, con exámenes teóricos y prácticos que no admiten improvisaciones. La Ciudad debe aprovechar sus excelentes lazos con la capital texana para solicitar asesoría técnica y replicar esos estándares de control.
Si realmente se busca fortalecer la seguridad pública, debemos empezar por la seguridad vial. No podemos seguir entregando licencias a personas que no dominan las reglas básicas.
Aprovechar la experiencia de nuestros vecinos del norte para endurecer los reglamentos y la supervisión es una medida de sentido común para salvar vidas.






