El otro día, la urgencia me apremiaba. Como es habitual, “La Ciudad” se encontraba paralizada, sumida en las eternas obras. Decidí detener un taxi con la esperanza de ganar la batalla al reloj. Levanté la mano, y para mi sorpresa, el vehículo que se detuvo era conducido por una mujer. Un sentimiento de resignación afloró de inmediato. Un prejuicio intrínseco, que hasta ese momento no había identificado en mí mismo, se manifestó: la duda sobre la pericia de una mujer en una labor tradicionalmente masculina.
Le indiqué una ruta que consideraba infalible para sortear el caos del mediodía. Me respondió con seguridad que mi camino habitual no era el más eficiente.
—Ahora hay restricciones por ahí. Además, esa avenida está muy cargada a estas horas. Si le parece, iremos por la vía exprés, el carril de transporte circula bien. —Pero los viernes esa ruta se pone imposible. Siempre hay obras o un cuello de botella. —Ya terminaron —me contestó sin titubear—. Vamos bien por aquí. —¿Incluso hoy, viernes? —Si quiere, vamos por donde usted me diga, pero le aseguro que por aquí tardaremos menos.
Me callé, convencido de que mi conocimiento de «La Ciudad» superaba al suyo. ¿Qué iba a saber ella más que yo sobre las dinámicas de tráfico un viernes a mediodía? Sin embargo, el coche aceleró, y la destreza de la conductora se hizo evidente. Adelantamos dos filas de atasco en un instante. Ya no me importaba llegar tarde, porque estábamos ganando tiempo.
Ella, con un gesto profesional, me consultó sobre la siguiente bifurcación. Le di mi opinión, sesgada por los problemas que recordaba en ciertas intersecciones. Una vez más, eligió la alternativa, demostrando una información más actualizada y precisa.
Agradecí que ajustara el aire acondicionado; estaba concentrado observándola. Cruzó las arterias principales con una pericia extrema. Ante cualquier señal de un conductor dudoso o una parada imprevista, cambiaba de carril y regresaba al suyo con destreza, sin inmutarse. El trayecto que yo estimaba en veinte minutos lo estábamos completando en menos de la mitad.
Mi resignación inicial se transformó en asombro. Comencé a cuestionar por qué dudé al principio. Esta mujer estaba realizando el trabajo mejor que la mayoría de los conductores que yo conocía.
Llegamos a mi destino diez minutos antes de lo que mi ruta original hubiera permitido. Al bajar y dejar una propina, vi a mi amigo, quien se apeaba de otro taxi dos coches atrás.
—Llego tarde, el tipo me ha tenido parado en un atasco por la avenida central media hora —me dijo, apurado.
La experiencia me dejó una valiosa lección: la capacidad y la preparación no tienen género. La destreza de la conductora, su conocimiento actualizado y su astucia al volante desmantelaron mis prejuicios en un trayecto de diez minutos.
No se imaginan lo largas que tenía las extensiones de uñas. Y lo bien que sujetaba el volante.






