La tragedia de las funciones escolares navideñas es uno de esos desastres periódicos que no requieren aviso de Protección Civil porque vienen incorporados al calendario: llegan puntuales con el frío, el villancico y la decoración fosforita.No figuran en los balances de daños materiales, pero arrasan con algo mucho más delicado: la paciencia. Yo las contemplo ya desde la cómoda altivez del jubilado emocional de estas lides (mi hijo tiene 21 años y superó hace tiempo la era del reno con cascabel), pero no por ello ha menguado mi solidaridad activa con los padres que en estas fechas cruzan el umbral del polideportivo escolar como quien entra en una novela rusa: sabiendo que nada bueno puede ocurrir ahí dentro, pero obligados a completar el ritual.Porque no se trata de una representación teatral: es una prueba de resistencia cívica. El escenario suele consistir en una portería vestida de purpurina o un telón improvisado de papel continuo que reverbera bajo una iluminación criminal. Desfilan los niños en un catálogo de disfraces cuyo criterio estético parece decidido por sorteo: pastores conceptuales, angelitos con alas vencidas por la gravedad, renos abstractos que recuerdan vagamente a un taxidermista deprimido. Las estrellas fugaces de cartulina, sujetas con gomas homicidas, golpean caras ajenas con la violencia lateral de un frisbee pedagógico.
En cuanto suena la música (a un volumen digno de desalojar fauna nocturna) se consuma el colapso: nadie entra a tiempo, nadie canta en la tonalidad correcta y cada fila sigue un compás distinto, como una metáfora exacta del sistema educativo. Los maestros, apostados en las esquinas del escenario, ejecutan coreografías gestuales desesperadas: mueven brazos para marcar entradas que nadie atiende, sonríen con una mueca que combina estoicismo y derrota moral.Frente a la escena, los padres. Apiñados en sillas plegables concebidas por un comité enemigo de la ergonomía, levantan los teléfonos móviles como antorchas contemporáneas, iluminando más la calamidad que a sus propios hijos. Todos graban lo ingrabable: vídeos de 10 minutos de movimiento errático, cabezas ajenas atravesando el plano y sonidos saturados que impiden distinguir cualquier voz humana. A posteriori, esos documentos ilegibles se presentarán en grupos de WhatsApp familiares como “momentos mágicos” y serán enviados a abuelos con una crueldad que roza el delito de lesa acústica.
Se ríe por agotamiento. Se aplaude por instinto de supervivencia social. Nadie se levanta para huir porque la huida equivaldría a una apostasía parental: irse implica reconocer que el entusiasmo no es obligatorio, solo obligatorio parece fingirlo. Y así se consumen cuarenta minutos de suplicio decorado con espumillón y palmadas fuera de ritmo.Desde mi atalaya de padre emérito asistencial (ya no me toca ir, pero aún me duele la memoria lumbar) siento por todos ellos una piedad militante. Porque lo verdaderamente dramático no es el desafine ni el desfile de disfraces distópicos, sino la dimensión expiatoria del acto: cada función es una pequeña penitencia asumida por amor, una demostración pública de que el ridículo ajeno se soporta mejor cuando lleva ADN compartido.Y al final -ahí llega siempre la paradoja- todo el desastre estético resulta irrelevante. Porque la función no va de arte, ni de música, ni siquiera de celebrar la Navidad. Va de constatar que los hijos sobreviven al ridículo con una dignidad intacta que la edad adulta perderá sin remedio. Y va también de comprobar que los padres sobreviven a presenciarlo sin deserciones masivas. Es una ceremonia de confirmación sentimental: nadie sale feliz, pero todos salen reforzados en la certeza de que el sacrificio es una forma menor, modesta, casi cómica de amor.Ya no piso esos gimnasios ni calculo ángulos de grabación imposibles, pero sigo pensando en quienes hoy cumplirán condena voluntaria bajo las luces parpadeantes. Ánimo: no estáis solos. Estáis exactamente donde os toca estar. En la función.






