| Habría que inventar una pista de arenas movedizas o de hielo para incomodar a Carlos Alcaraz. No como boutade, sino como hipótesis seria. La hierba, la arcilla, la pista rápida: todo termina domesticado a sus pies. El tenis se le rinde porque no encuentra fricción. El problema ya no es la superficie, sino la falta de resistencia. El fango absorbente y el hielo aparecen entonces como metáfora: el único terreno posible para devolverle la extrañeza, para obligarle a pensar antes de ejecutar, joder, para observarlo en aprietos.Porque Alcaraz no compite solo contra rivales, sino contra el propio estado de las cosas. Y, curiosamente, parece más exigente a los rivales cuando arrastra molestias que cuanto está sano. Lesionado, tocado, vendado, cansado, ofrece una versión aún más peligrosa: la del jugador que improvisa sin red, que convierte el límite físico en un estímulo creativo. El cuerpo, en lugar de frenarle, le afina. Como si la plenitud le resultara sospechosa y la adversidad activara su mejor tenis. Ganarle el primer set o dos significa una muerte lenta. La mayor cualidad de Alcaraz no es su brazo, sino su cabeza. |
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| De ahí esa escena casi mística de Melbourne, el zumo de pepinillos como pócima improvisada, mitad superstición mitad ciencia doméstica. No fue una anécdota nutricional de la semi contra Zverev, sino un gesto simbólico, de chamanía murciana. Alcaraz traslada la idea de que siempre hay un recurso más, incluso cuando el cuerpo parece agotado. Solo le falta convencernos de que ese brebaje sirve también para resucitarnos a nosotros.Lo digo con cierta resignación respecto a mis artes adivinatorias. Me pareció precipitado establecer analogías con Nadal cuando se produjeron los primeros triunfos en París y Wimbledon, pero resulta que Alcaraz podría retirarse a los 22 años con las coronas del tetracampeón. |







